El parqué
Sesión de máximos
Tenía yo apenas la treintena y mi pasión por la Política me había llevado a comprometerme con esa hoy, otra vez en la historia, maquiavélica profesión. Tú, del PSOE, partido del que me sabía toda su historia, no la mitológica sino la de verdad. Yo del PA, facción que escudada en Blas Infante no era capaz de asumir la importancia de un reino, religión aparte, que, gracias a su mixtura intelectual, llego a ser el más admirado de su época.
Nos vimos, por primera vez, con Manolo González Fustegueras de carabina, en el Parador de Arcos. Hablamos y hablamos, y después de eso nos dimos cuenta que no podíamos ser enemigos y que nuestra provincia, la hoy tan admirada y peculiar Cádiz, pero entonces ni suficiente ni mínimamente valorada, no merecía, de partida, nuestro enfrentamiento.
Y pactamos, por primera vez, que presentándote tú a la Presidencia de Diputación, nosotros no votaríamos en contra. Nos abstendríamos. Como forma de dar una oportunidad a la gestión y al entendimiento. Como forma de respetar tu persona. Como forma de abrir vías de cooperación en nuestros pueblos. Fue una de las pocas circunstancias satisfactorias vividas por mí en política.
Luego vino la investidura. Blando y conciliador debió ser mi discurso, cuando un acólito tuvo que parar a Carmen Romero, diputada entonces por Cádiz, el inicio de un tímido aplauso. Y la legislatura comenzó. Acuerdos no hubo muchos, pero libertad para expresarse sí, y cordialidad, y acceso a los funcionarios y expedientes también.
A algunos les parecerá, viviendo esta opaca y oscura etapa política en España, que todo esto suena raro. Muy raro. Pero entonces fue así.
Luego vino mi milagrosa y suertuda expulsión de la política. Yo dije la verdad. Y uno se ofendió por lo mismo que yo había dicho lo que él mismo había afirmado antes –perdónenme este pequeño y fácilmente descifrable acertijo- y tú, Jesús saliste en defensa de tu Diputado y me llamaste y me ofreciste protección como persona.
Un señor. De lo que ya no quedan. Un político, de los que ya ni se aproximan. Un conversador, de las que ya no encajan. Una buena persona. Permíteme este torpe panegírico Jesús, nos vemos luego. Un abrazo.
También te puede interesar
El parqué
Sesión de máximos
Tribuna Económica
Desdolarización global: el inicio del declive del imperio
Desde la espadaña
Treinta y uno de diciembre
Tribuna libre
El Tejido Onírico de la Realidad
Lo último