Análisis

sALVADOR gUTIÉRREZ gALVÁN

Aquella monja feliz; carta a un anónimo

Querido amigo: No sé si recuerdas el día que entramos en aquel convento de monjas. Justo en la puerta, antes de acceder al interior, una mujer curtida ya en años, de aspaviento un tanto funesto, le comentaba a su pareja que le daba miedo aquel edificio y que no entraría por nada en el mundo. Pasó de largo mientras observaba como la madre superiora nos abría la puerta. (Te recuerdo que algo parecido me comentaste al apercibirme de que era la primera vez que entrabas en un convento de monjas.) Quiero traerte hoy este pasaje de nuestras vidas ahora que, con el tiempo, ya ves las cosas de otra manera.

Nada más entrar nos llamó la atención la alegría de aquellas mujeres. A ti, en especial, la que irradiaba una de ellas en la esquina de la cocina. Rozaba esa santa mujer los noventa años. Tenía entre sus manos la masa de unas yemas de coco que ella misma amoldaba con diligencia, mientras arropaba con su malograda entonación las canciones que el resto de la comitiva dedicaba al Señor. ¿Recuerdas su historia? Nos dijo que había nacido en Jerez y que llevaba en el convento toda su vida. Al citarle una calle céntrica de la ciudad nos confesó que no la conocía porque había entrado en el convento con catorce años y desde entonces no había salido para casi nada. En resumen, no conocía nada de la ciudad en la que nació. - aquí he sido muy feliz - nos aseguró- No necesito nada de afuera porque aquí tengo todo lo que andaba buscando. Todo lo que necesito está aquí. Yo estoy loca porque Jesús me lleve ya con él,- nos dijo finalmente entre bromas y otros chascarrillos. Durante las pocas horas que estuvimos con ella no pudimos dejar de reírnos. ¡Cuánta alegría transmitía aquella señora!

Abandonamos el monasterio convencidos de que aquella alegría nos superaba. Y recordamos entonces las palabras de la mujer temerosa que vimos en la misma puerta que ahora atravesábamos para salir. Paradojas de la vida, amigo. Una, la del gesto abatido, no entraría en el convento por nada en el mundo; la otra, la de la sonrisa perpetua, no necesitaba nada del exterior. Me pregunto cuántas veces habrá rezado la de adentro por la de afuera. Me pregunto cuántas veces habrá rezado por la paz en el mundo, por el bienestar de los demás, por ti y por mí. Te cuento todo esto ahora que sé que confías en la oración como herramienta vital para nuestro caminar.

Hace unos días pude contemplar la misma felicidad en los rostros de otras monjitas que accedían a la Basílica de la Merced para rezar ante la copia de la Sábana Santa. Es una alegría muy especial. Me atrevería a decir que llevan en su rostro la alegría de la Cruz. Y todo esto me hace pensar. Quizás ellas no formen parte de esta nomenclatura de signos que hemos atribuido a nuestra Semana Santa andaluza. No verán pasos. No saldrán arregladas a la calle. No debatirán sobre itinerarios retrasados ni aguaceros 'injustos'. Pero rezarán. Y no solo en Cuaresma. Lo harán, como cada día, recordando al que murió por nosotros. Lo harán por ti, por mí, por aquella mujer y por muchos. Y darán sentido a esa alegría interior que tanto adolece en el exterior. Esa alegría que tú mismo me definiste aquel día como algo que jamás habías visto antes. Me alegro de haber vivido contigo aquella experiencia, porque así lo podemos contar. Un abrazo.

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