Análisis

FERNANDO TABOADA

Los mundiales del vino

Faltan muchísimas denominaciones que hicieron de Vinoble una muestra imbatible

A Vinoble siempre se ha venido como quien se larga de viaje para ver unos mundiales de fútbol. Y es que, si la gracia de los mundiales está en los insólitos emparejamientos que suele apañar, el gancho de Vinoble ha estado, desde sus inicios, en la posibilidad que brinda (y nunca mejor dicho) de hacer catas, a cual más peregrina, echando a pelear los vinos de Hungría con los de California, los licorosos de Burdeos con los de Marsala, para demostrar que la mejor manera de conocer el mundo es conociendo las cosas que embotellan por ahí.

Sin embargo, mientras los mundiales de fútbol siguen emparejando a países como Egipto y Uruguay, o Alemania y Corea del Sur, en esta edición de Vinoble la presencia exótica está bastante de capa caída. No faltan los clásicos (por ejemplo, esos sauternes de gusto un tanto rococó, o los inevitables tokaj, que este año nos visitan con sus puttonyos de la mano de Vega Sicilia). Tampoco falta, por supuesto, el oporto, fundamental para cuando te pilla la hora del aperitivo merodeando por los jardines de San Fernando. Pero se echan en falta muchísimas denominaciones de origen que lograron que esta muestra fuera imbatible.

Todavía te puedes cruzar con algún bodeguero rubicundo, con todas las pintas de ser hincha del Borussia Dortmund, y con alguna señora ataviada con la capa de la Fundación Luso-Galaica que probablemente tendrá el corazón dividido cuando se enfrenten las selecciones de España y Portugal. Pero ya no se puede confundir el palacio de Villavicencio con la torre de Babel.

Tampoco es que Vinoble, de haber sido un campeonato mundial del vino, se haya convertido ahora en el Trofeo de la Urta. A pesar de las ausencias, nos queda el consuelo de que, por lo menos en cuanto a la selección nacional, estamos que nos salimos. Con una defensa bien fortificada a base de amontillados rocosos y palos cortados viejísimos pero en plena forma; con unos vinos de sacristía que ponen al público en pie cuando corren por la banda, y gracias a esas manzanillas en rama capaces de hacer diabluras en el área y de resolver, si hace falta, en una tanda de penaltis, lo cierto es que, como poco, en la cuestión patriótica podemos estar muy satisfechos. Menos mal.

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