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Los domingos apenas hay asadores de pollos abiertos en la ciudad. La consecuencia es que para hacerte con el manjar puedes estar esperando más de una hora a las puertas de los pocos que abren. Encontrarte con treinta personas por delante suele ser hasta habitual. Que se vean las calles desiertas no significa en esta ciudad que todo el mundo haya huido. Ni mucho menos. Más que huidos los jerezanos están recluidos. Son miles quienes tiran de piscina o de aire acondicionado así como de ese pollo asado que, en domingo, es tradición. También los hay que por su precaria economía tan sólo pueden darse ese pequeño lujo para celebrar que primeros de mes está una semana más cerca. Esto me sirve para comprobar que la economía local no está para tirar cohetes, por mucho que suba el Ibex en los Telediarios, que sigue habiendo quienes no se enteran de que en ocasiones es más que rentable abrir los domingos y que si además lo hicieran quizás algunas personas podrían hacer mucho más corto ese eterno fin de mes en que se han convertido sus vidas.
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