Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

La sociedad conflictiva

31 de enero 2024 - 00:15

Las sociedades se definen por las necesidades, los desafíos y los comportamientos comunes. Cualquier grupo humano se interrelaciona entre sí por determinados símbolos exteriores que caracterizan su actuación. Después, las cosas se complican en las emotividades racionales y espirituales que surgen. Vienen las luchas, los grupúsculos, los prejuicios y un sinfín de rivalidades que paqué te cuento.

Comprender a un pueblo, esto es, sus personas, tertulias, clubes, partidos, hermandades y menudencias se hace harto complejo - (véase el cartel de la semana santa de Sevilla) Necesitaríamos un estudio psico-sociológico prolijo en variables contrapuestas y combativas. Está claro: la sociedad es, por definición, una realidad dialéctica, porque todo es motivo de conflicto; cosa distinta es que el conflicto lo hagamos o no categórico, como lo pretenden Otegui y Puigdemont.

Desde luego no estamos en un cuento de Walt Disney (ahora Wok) que nos lleve a la felicidad plena ¡Somos todos tan diferentes!¡Y tan iguales! ¿Quién tiene la varita mágica para la convivencia perfecta? Somos individuos en las circunstancias, que diría Ortega, con sentido de pertenencia a la vez que de individuación. Por una parte, somos de este pueblo y, al mismo tiempo, personas irrepetibles y originales; aleación complicada. Un malestar que influye en este modo de estar siempre insatisfechos, con gana de gresca y sin saber muy bien porqué.

Sentirse adherido a tu pueblo es importante; pero lo mismo dice el que nada tiene que ver contigo ni piensa ni siente como tú. Dentro de la misma comunidad, de la misma cultura, de la misma historia (incluso compartiendo similares valores) afloran las rivalidades, las reivindicaciones y las luchas por el poder. Es en este guirigay donde nos insertamos, vivimos y autopercibimos. No hay otra.

La humanidad parece llevar la guerra dentro, y en ella desarrollamos el yo y lo que de ahí se derive: convivencia, comportamientos, cultura, exigencias sociales y todo el rastro de alpiste que va quedando de tanta historia que somos. ‘Hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno’ dijo Publio Terencio Africano, que tuvo a bien glosar Agustín de Hipona. Aquí nos hemos, somos, estamos y existimos, en la sociedad que proporciona los mimbres desde donde urdir el cesto para identificarnos. Si la aceptamos, es por algo, por alguien o por alguna idea que nos signifique. No hay abstracción, hay normas, principios y objetividades que conforman lo que soy, incluso lo que quiero llegar a ser.

Llevamos, por tanto, el traje social adherido a la piel tanto como nuestro yo; de ahí partimos y desde ahí interpretamos la paradójica realidad que nos ha tocado vivir. Quien quiera entender, que entienda; quien no, se consumirá en el intento: o buscamos proyectos y matrices de identidad personal que nos dé consistencia interna dentro de la sociedad, o ésta nos abducirá en el mecanismo impersonal de sus dictaduras externas.

No es difícil: el individuo, forzosamente enclaustrado en la sociedad y poseído en su yo, no puede deshacerse de lo uno sin lo otro, como el cuerpo del alma; él decide su prevalencia: ¿sociedad o individuo? ¿qué esclavitud prefiere? Os preguntaréis ¿Habrá alguna posibilidad de superar este círculo vicioso de conflictividad permanente? Estoy seguro de que se sale por las estrellas, por la capacidad que tengamos de buscar una luz superior al pacto social de Rousseau, que, al fin y al cabo, se queda siempre en contratos de horizontalidad arbitraria (leyes políticas) a cambio de renunciar a la libertad verdadera que colma el sentido.

Para que la sociedad funcione hay que renunciar a ciertos derechos, es verdad, por supuesto al libertinaje, pero, en modo alguno, a la dignidad de la persona, que por nada se puede conculcar. Hay quien sugiere, luminosos ideólogos, que para curar la enfermedad se mate a los enfermos. Para llegar a esto no hace falta tanta alforja. La Revolución francesa, por ejemplo, tan liberal, (Liberté, Égalité, Fraternité) solucionó el conflicto social de una manera pizpireta: guillotina para quien no acepte los principios revolucionarios. Y ni por esas.

Hoy la conflictividad sigue campando a sus anchas, y si no fuera por la líneamuro roja fronteriza que nos ha propuesto el conspicuo presidente de la Federación de Autonomías Españolas, principal Adalid de las libertades democráticas, ya habríamos incurrido en una sangrienta revolución cosmofascista.

Los pactos sociales (Rousseau) a los que estamos asistiendo en España, si bien no son concluyentes (porque no sabemos hacia qué nivel escatológico nos llevan) al menos nos tienen en ‘la tensión del Reino’ (recelando que pueda concluir en republiquita). Es todo tan político como teleológico. Por todas partes se dirime el conflicto: ya lo mismo da que hablemos de la Ley de Amnistía que de Fiducia Supplicans. Se puede soplar, asentir o guardar silencio, da igual que sientas canguelo, amenaza o perplejidad.

La sociedad color de rosa no existe y la conflictividad social formará parte de lo que somos, por lo que el miedo a lo diferente no puede hacernos renunciar a la confrontación y al diálogo que sea. Que el perseguidor no nos amilane, que la víctima no se acobarde y que la salvación venga de más allá de tanta bandería y arbitrariedad que hay. ¿Quién sabe?

Quizá, todavía, tenga sentido acudir a la Trascendencia, que tiene más fundamento que los materialismos dialécticos (capitalistas y comunistas) a los que nos tienen sometidos. «Cosas veredes, Cid, que farán fablar las piedras» (Cantar del Mío Cid) ¿Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo? El País -B.O.E.- podría aclararlo con la perspicaz estilográfica de Fernando Savater… ¡Ah! ¡Imposible! Le han exiliado de su página.

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