Crónica Personal

Adiós, Salvador Illa

Illa inicia una aventura que le apetece más que el Ministerio de Sanidad, donde no figurará en el cuadro de honor por su labor

SE va a hacer campaña en Cataluña para intentar convertirse en presidente de la Generalitat. Maneja la última encuesta del CIS como si en ello le fuera la vida, debe ser el único español que se cree la cocina de Félix Tezanos. Piensa Salvador Illa que mejorará sensiblemente el resultado de Iceta, su amigo y mentor, al punto que algunos amigos suyos afirman que está convencido de que puede ganar y formar gobierno con En Comú-Podem, con la ayuda de ERC desde dentro del Gobierno o desde fuera. Soñar no cuesta dinero.

Dimite hoy y al mediodía Sánchez anunciará el nombre de su sucesor, que parece que va a ser la ministra Darias, con Iceta como reemplazo en Territorial. Todo si no hay sorpresas, porque con este Gobierno nunca se sabe; las mentiras y engaños son cosa habitual y, por tanto, las sorpresas consecuencia de las mentiras y engaños.

Salvador Illa inicia una aventura que le apetece más que el Ministerio de Sanidad, donde no figurará en el cuadro de honor por su labor. Deja atrás una biografía rota por el destrozo de una pandemia que no ha sabido gestionar. Su imagen bien, gracias, es un político educado, serio, arregladito, pero su capacidad de dirigir un equipo en tiempos difíciles ya es otra cosa. Se va con las cifras de fallecidos y afectados disparadas, con una cepa británica que ni Illa ni su equipo supuestamente científico saben cómo respira, al cabo de dos semanas lo único que han aprendido es que se transmite a una peligrosa velocidad de vértigo. No tenía Illa una campaña de vacunación organizada, ni concretadas las fechas de entrega de las vacunas; Sanidad ha mentido sobre el número de centros de vacunación, los viales no son los correctos, como ocurrió con las famosas mascarillas que compró el Gobierno hace menos de un año. Seguimos sin saber quién se llevó una pasta por esa compra inútil.

Illa, a pesar de su perfil de hombre serio, ha hecho como sus compañeros y culpabiliza de todos los males a los gobiernos regionales, como si él y su jefe, Sánchez, hubieran dedicado un minuto a reflexionar sobre los cambalaches de "Madrid" respecto a las competencias de esos gobiernos, que han dado o quitado en función de los intereses de La Moncloa.

Deja atrás un país devastado por la pandemia que estaba obligado a combatir; deja atrás el dudoso honor de haber convertido a España en uno de los países europeos que peor gestionó la crisis, si no el peor. Deja atrás a unos españoles escandalizados con el peor gobierno que ha habido en democracia y en el que Illa nunca levantó la voz para indicar que había que corregir el rumbo.

A lo mejor consigue su sueño de ocupar el Palau de la Generalitat, pero su historia como ministro es deplorable.

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