Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Ajustarse el tipo

NO sé si ustedes han descartado el crucero por los fiordos a estas alturas de La Cosa (un monstruo en verdad de película), y si tuvieron la fortuna de haber visitado Praga cuando la visita al ultraturístico caramelito checo se contrataba en un combinado con Budapest, que era lo menos que uno podía hacer en un puente. En aquellos maravillosos años, se llamaba mileurista con lástima a un joven asalariado que ganaba mil y pico al mes: un pobre de entonces, casi un privilegiado de ahora. Uno iba a Berlín y se sorprendía al comprobar en sus propias visas que en la capital de Alemania se vivía bastante más barato que en una ciudad de provincias de España: y es que a Alemania le íbamos a dar borricate económico tras acabar con Francia, previo fulgurante adelantamiento de Italia; era de cajón, eso estaba hecho. En fin, ya sabemos que no era más que una enajenación nacional transitoria.

Hoy -también entonces, pero quién quería miserias...- la mejor manera de saber cuál es el verdadero poder adquisitivo de mil euros en uno u otro país es lo que se llama Paridad de Poder Adquisitivo, según la cual el tipo de cambio entre monedas de dos países, para ser fiel a la realidad de cada uno de ellos y de sus intercambios, debe acercarse a un numerito que equilibre lo que vale una cesta de la compra idéntica en uno y otro. The Economist hizo más masticable este concepto hace años, al crear el llamado Índice Big Mac, de forma que esa hamburguesa de McDonald's debería suponerle el mismo esfuerzo a un indio en rupias, a un estadounidense en dólares y a un español en euros. Este índice juguetón tiene hoy el mismo reconocimiento que cualquier otro método "serio" de la teoría del tipo de cambio, y es un "estándar global", que diría un analista como Dios manda. Pero, ay, resulta que nosotros tenemos la misma moneda que los alemanes. De forma que -paraísos fiscales aparte, ésas trastiendas idílicas para guardar el verdadero dinero de las familias del nivel de la de Jordi Pujol- eso de ir al país más rico de Europa sobrado de recursos tenía truco. El truco se llamó primero deuda familiar, pero después mutó a la cara oculta del truco: en España los salarios estaban condenados a bajar, y vaya si han bajado. El salario medio español es severamente inferior al de aquellos tiempos en que íbamos hacia el pleno empleo y a quitarle a Alemania el volante de la locomotora europea. Entre otras cosas porque hay casi dos millones de personas que tenían empleo entonces y hoy no lo tienen. Como diría el analista, hemos sufrido un ajuste. Para mantener el poder adquisitivo, faltaría otro ajuste en los precios paralelo al de los salarios, aunque ya lo de viajar en avión al extranjero como quien va al pueblo a por chacina se hubiera acabado. Pero el de los precios es otro cantar. Dicho en corto: nos cuesta bastante más zamparnos una hamburgesa que antes. Lo siento, pero con la ensaladilla rusa o el mero a la plancha pasa exactamente igual. Si no te ajustas el tipo, te ajusto yo el bolsillo.

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