Su propio afán

¿Qué será, será?

Las comparaciones son odiosas, no ociosas y vamos a mirar por el rabillo del ojo cómo le va a Gran Bretaña

Grave por sí mismo, el Brexit viene, además, como al perro delgado las pulgas todas, en un momento muy delicado para la Unión Europea. Hay frentes abiertos para dar y regalar, con la economía de Alemania resfriada, Italia, acalorada; el pulso a cara de perro entre el grupo de Visegrado con la bisagra de la burocracia, las incertidumbres de España y su presupuesto fantasma y China, al Este, y USA, al Oeste. De cómo resulte la salida de Gran Bretaña va a depender el futuro de Europa.

Tiene que resultar de muchos equilibrios. Que afecte a la economía comunitaria sería, en estos momentos, un lujo que no podemos permitirnos. Pero que no afecte a la economía británica, sería, en estos momentos, un lujo político que tampoco podemos permitirnos. Si salir sale gratis, las amenazas de portazos se van a multiplicar, y alguno más podría haber.

Maquiavelo aconsejaría, por tanto, que Europa pusiese cuantos palos en las ruedas pudiera. Tantos los nacionalismos estatales como los regionales, que de todos tenemos, tendrían que experimentar en cabeza ajena que la cabeza le duele mucho al que coge las de Villadiego. Parece, sin embargo, que la política europea ha tratado de potenciar el acuerdo para no tener problemas internos y para darle un poco de oxígeno a los partidarios del blandibrexit. Aquí todos son socialdemócratas para el gasto, mas conservadores de la inercia.

Como posición política, yo estaría con Maquiavelo, pero en la Unión Europea prima de siempre la prima de riesgo y la economía, y no se van a meter en estrategias, que el dinero es muy miedoso y estamos (ellos) muy cómodos. Como, encima, lo propio de las buenas personas es no desearle mal a nadie, pues ya está: comprendemos el Brexit comprensivo.

Aunque tanta bondad de buen rollito conlleva una exigencia interna. Bien que vaya bien a los ingleses, pero a los europeos nos tiene que ir mejor. Si no, la desmoralización de los europeístas y la moralización de los europeos euroescépticos van a ser de aúpa, creando una tormenta perfecta, retroalimentada. Sin Gran Bretaña, en principio, los acuerdos serán más fáciles de tomar, pero la responsabilidad que se ha aceptado es enorme. Las comparaciones son odiosas, pero no ociosas y, a partir de ahora, vamos a mirar por el rabillo del ojo cómo les va a nuestros antiguos socios. El proyecto europeo tiene ahora, gracias al Brexit, un test a la mano de su éxito o de su fracaso.

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