CATAVINO DE PAPEL

Manuel Ríos Ruiz

Consideraciones acerca de la propia escribanía

DESPUÉS de varios días sin escribir, sino dedicado a la lectura, volver a ensartar palabras dándoles sentido para que nos descubran aquello que pensamos, se llega a la conclusión de que resulta reconfortante volver a lo que realmente es nuestro menester diario. Recordemos que A. W. Schelegel creía que la profesión de escritor es, según se ejercita, una infamia, un pasatiempo, un servicio, un oficio, un arte, una ciencia y una virtud. De todas estas definiciones, ¿con cuál quedarse y cuál rechazar de todas las enumeradas?

Lo que sí añadiríamos es que es un gozo, porque es vida sustantivada, enardecida incluso, vida acercándose a su más idílica concepción. Escribir aunque sea sencillamente para informar, conlleva implícito una función: revelar el conocimiento. Y esto es enriquece vital y espiritualmente a quien lo hace con plena conciencia y con el deseo de ofrecer un mensaje determinado, que considera valioso en cualquier aspecto. Por eso nos infunde respeto todo aquel que escribe y publica sus opiniones o inquietudes, su visión de las cosas. De ahí que no repudie ni al trasnochado poeta, ni al ciudadano que redacta una carta al director del periódico.

Lo anteriormente expuesto no quiere decir que admire a todo grafómono, sencillamente quiere decir que lo respeto sin más y que a veces cumplen un cometido preciso de cara a una masa de lectores que muchos escritores y periodistas ignoramos por razones diversas. Una de ellas tal vez sea aquella, bastante aviesa, que mantenía W. Hauff: "No hay escritor, por insignificante que sea, que no piense ser algo bueno". Sí, a lo peor somos demasiados presuntuosos.

Y lo que sí es preciso tener presente, es la advertencia de Ortega y Gasset, al razonar que hay una cuestión de honor intelectual en no escribir nada susceptible de prueba sin poseerla. Lo que pasa es que la prueba testifical de cuanto se escribe, la tenemos la mayoría de las veces no en un documento, ni en un dato contrastado, sino simplemente en nuestra específica e intransferible intuición. En esto radica esencialmente el riesgo de escribir, en dar fe de una verdad que puede no ser compartida ni en el fondo ni en la forma por mucha gente y, sin embargo, significar toda nuestra plenitud vital el hacerlo, el exponer al juicio de todos los propios conceptos.

Hoy, pues, tras unos días sin escribir, y al disponernos a reanudar la tarea de conjugar una conferencia, nos ha perecido oportuno hacernos algunas consideraciones al respecto, a modo de puesta a punto y teniendo la impresión entrañada de que al volver a la mesa de trabajo, a la escribanía, nos reencontramos con la vida que escogimos allá en la adolescencia.

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