María von Campo, relatos

Ángeles Bueno Trujillo / Escritora

El Cristo del pinar

EN La Pinaleta la mirada se aleja hasta que topa con una linde. Una de ellas es la hilera de grandes eucaliptos de la carretera de la Base y otra linde visible es el pinar de Aviación. Y delante del pinar estaba el Cristo muy cerquita de la Barriada y de la Estación de la Parra.

Desde su pequeña elevación de tierra el Cristo del pinar miraba hacia los trenes que llegaban de Sevilla y formaba parte de nuestro paisaje.

El Cristo soportaba el sol y la lluvia y el viento y solo era cada vez un poco más blanco, como si lo hubieran encalado.

Era primavera y en la gavia que separaba las tierras de labor de la estación, los rosales silvestres que la tapizaban estaban en flor. Al pasar por los tablones cuando la cruzábamos todos los días para ir a la Escuela del pinar, esquivábamos las pequeñas rosas para que no nos arañaran las piernas. Pero ese día María von Campo, sin darnos prisa, se puso a coger rosas de la gavia. Paramos sorprendidos y le preguntamos.

María nos dijo que era Santa Clara y nos contó que hacía mucho tiempo la finca era de una familia que tenía una hija única que se llamaba Clara, que se mató en un accidente al caerse del caballo.

Sus padres no pudieron aguantar el dolor y se fueron a vivir a Sevilla y no volvieron a pisar la finca, encargando el Cristo para que quedara el recuerdo de su hija vivo para siempre.

En el campo la religión no se muestra como en la ciudad. La pequeña Iglesia de Aviación apenas se llenaba los domingos pero al pasar por el Cristo no era raro ver a alguien parado delante hablándole. Así los padres de Clara nos dieron un punto de unión a todos los que vivíamos en La Pinaleta.

El tiempo seguía su curso y hacía que se olvidara la historia de Clara, pero no importaba y nos sonreíamos al ver, a la vuelta de la escuela, un ramo de rosas de la gavia adornando la verja del Cristo.

El Cristo blanco del pinar, aunque crucificado, era un Cristo vivo.

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