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Javier Benítez

Curro Romero

10 de diciembre 2023 - 00:30

No tenía conciencia de que Curro Romero estuviera ya en esas edades, así que cuando la otra mañana escuché en la radio que había llegado a la novena planta di un respingo y me volvió a pasar lo de siempre. Porque siempre que el nombre de Curro se me cruza por delante, me acuerdo de aquel día.

Era por mayo, pongamos que era Feria de Jerez, uno de esos días de azules inmensos y albero infinito. Mi compadre apareció por los centros del Hontoria como si todo aquello fuera suyo: traje Príncipe de Gales impoluto, Lottusse del taco, y media sonrisa de aquí está el tío. Cayó un número indeterminado de medias de Tío Pepe, jamón a gogó, un plato de croquetas tan frías como el vino, y varias miradas cambiadas con una niña muy mona. Cuando estábamos en lo mejor del querer…hubo que irse a los toros. Uno no ha sido nunca un gran aficionado, pero siempre ha disfrutado de ese ambiente auténtico, de damas y caballeros y olor a Habanos. No me compraré el abono de la Maestranza, pero una tarde de fiesta nacional bien acompañado la disfruto.

Pese a todo, en Feria siempre se me ocurre algo mejor que hacer entre los toldos de una caseta. Así que ese día fui todo el camino por Comandante Paz Varela y Santo Domingo bramando en hebreo porque a ver qué se me había perdido a mi en la calle Circo cuando en una esquina del Paseo de las Palmeras con Manuel Soto ‘Sordera’’ había una morena que yo habría jurado que quería bailar unas sevillanas conmigo. Mi amigo Manuel, intentando zanjar el debate, me espetó muy serio: “Hoy torean Curro y Rafaé, ¿no lo entiendes?”.

Hice como que lo entendía. Como gesto de buena voluntad, Manolo bajó primero a por los cubatas que se vendían tras una barra de Cruzcampo contrachapada en el pasillo que hay antes de los vomitorios. Se anunciaba el segundo de Curro cuando me tocó ir a por un gin-tonic de Beefeater y un Carlos III con cola. Será poca cosa, pensé. Los cuatro desgraciados que estábamos en la cola, víctimas de un camarero de reflejos manifiestamente mejorables, escuchábamos como las gargantas se rompían cantando los oles de una faena para la historia. El éxtasis nos cogió esperando a que trajeran más hielo. Volví por fin a mi localidad con un cubata en cada mano, y mi compadre me recibió con un “lo que te has perdido, cabeza”. Se estuvo riendo toda la tarde, al día siguiente y tres o cuatro años más. Curro Romero estaba dando la vuelta al ruedo y yo no había visto ni un puñetero pase. Hoy Google me ha chivado que aquello fue un 19 de mayo de 2000 y que cortó dos orejas y rabo. Y aunque no le puedo dar las gracias por el quite, la muleta o el capote, sí lo hago porque cada vez que recuerdo a Curro voy a ese día y veo a mi amigo Manuel riéndose a mandíbula batiente.

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