Su propio afán
Enrique García-Máiquez
Unipartido
CONTINUACIÓN de los desmadres de un Xerez que está abocado a un desarrollo nada halagador. Un equipo con solvencia es aquel que sabe jugar con la determinación suficiente para saber dilucidar un partido cuando éste necesita su inmediata resolución. Eso es lo que el Xerez lleva echando en falta desde hace varias temporadas. ¿Cuántos puntos se han quedado atrás por no estar a la altura y por no saber cómo resolver partidos que presentan lecturas no excesivamente complicadas? Probablemente, eso es lo que pasó el sábado en el Mini Estadio. No tener los suficientes planteamientos para saber cómo terminar un partido que se presentaba de cara.
Deulofeu nos amargó la existencia el último partido de la Liga anterior. Ese niño es un pedazo de jugador que está llamado a ser algo grande en el fútbol español. ¡Lástima que la miopía galopante que achaca a Monchi no le permita haberlo visto antes para un equipo que viste de blanco y que necesita variar sus rumbos! El otro día volvió locos a todos en un partido que, a pesar, de la clase del niño, se puso a favor y se llegó a pensar que se podía haber venido de Barcelona con la mala racha rota y los vientos a favor. Pero este equipo no está para esplendideces, a la menor se echa la marcha atrás, se nos apoca el espíritu y damos la más patética de las imágenes. .
Que el Barcelona chico nos meta cuatro no es significativo ni sería para rasgarnos las vestiduras si en los demás partidos se mostraran una suficiencia y una convicción fuera de toda duda. Pero la realidad es otra. La norma habitual es que el Xerez es muy poca cosa siempre; que, salvo en Alicante, lo demás ha sido penar y penar; que en Chapín no se sabe lo que es jugar al fútbol desde hace tiempo; que las noticias que nos llegan de fuera es, casi siempre, querer y no poder o ni querer ni poder.
Por eso, que los de La Masía más Lombán, ganen por cuatro a dos, no llama la atención ni parece raro. Es lo que hay y ha nadie puede extrañar. Lo que pesa es que este equipo está avalado por una afición que se conforma con el corazón -que no la razón- de Keita, con tres pases, más o menos, bien enlazados y con poco más; así como por la suerte de un entrenador que sabe que del banquillo no se le va a echar ni con lejía.
Si la grada achuchara y exigiera más, si a los jugadores se les sacaran los colores y no se fueran tan de rositas, si el del banquillo no tuviera la tranquilidad que da que la gente no le hubiese concedido tan increíble crédito, así como si la entidad tuviera la más mínima solvencia que la que tiene por estar manejada por un dueño que no está ni quiere estarlo otra cosa pasaría en un equipo que da penita verlo y que va dejando demasiados regalos. Y, mientras tanto, el infierno, acecha cada vez más cerca.
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