Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

Días vacíos

HOY es un día lleno de horas vacías, como lo han sido tantos otros desde que ellos, que se fueron, nos dejaron. No pensamos nunca en la posibilidad de esa certeza, ni imaginamos lo cierto de la pena que cubriría nuestras alegrías; esos contentos que nos llevan a risas y júbilos, que llenan de color el tiempo que compartimos con los que amamos. No supusimos siquiera, ni de lejos ni tampoco de cerca, el hueco sin fondo que se abriría a los pies de nuestro sentir, la amargura sin respuesta que afligiría despertares e insomnios, las soledades imposibles que iban a teñir de melancolía y tristeza el sol de las mañanas y las estrellas de un firmamento ahora oscuro.

En la vida sólo tenemos segura la muerte; una paradoja imposible: nacemos para estar vivos, lo vamos dejando de estar cada vez que la guadaña se lleva la parte de nosotros que vive en cada uno de los nuestros. Asomamos al mundo que nos llama, y comenzamos a morir: cada noche, a pesar de los sueños, un poco; con cada pena, un tanto; con cada ausencia, un pedacito de lo que ya no somos… se va, y no vuelve.

Dicen del tiempo, que todo lo cura: ¡mienten! Puede, sí, que calme, puede que alivie, puede, incluso, que nos regale trocitos de olvido… ¿Curar? ¿Cómo devolver el brillo de aquel mirar que te quiso tanto? ¿Cómo recuperar la sonrisa, perdida, de quien veló tus sueños? ¿Cómo regresar al sentir el amor de quien por y para ti vivió? ¿Cómo… unirte a lo que te arrancaron, regresarte el calor que congelaron, recuperar la ternura que extirparon, devolverte la vida que se llevaron, cómo…?

Sí… la vida sigue, así, aunque nunca del todo lo lleguemos a entender, ha de ser. Lo contrario supondría peor fracaso aun del que implica tener que hacerlo huérfanos del amor de todos a los que quisimos y querremos siempre; una crueldad, esta, que no creo merecida, sin embargo, insoslayable, perenne e inmutable.

Buscamos la fe, en cielos a los que no llegamos; rebuscamos por la tierra que pisamos, tras una esperanza que no encontramos. Sé de la debilidad de la carne que somos, pero no sé si el espíritu es lo fuerte que nos anunciaron.

Abandonos eternos, imposibles de colmar. Rostros de cercanía y ternura, testigos de infancias lejanas, compañeros de juventudes tempranas. Seres amados que ya no están, que nos dejaron sin avisar, que marcharon sin preguntar.

Lejanías perpetuas… que no podremos evitar ¿Cómo hacer para continuar? ¿Qué, para no desmayar?Ausencias, por irremediables, infinitas. Sentires de ti… pero sin ti. Preguntas… con respuestas exiliadas de lo factible; esperanzas supuestas, sin opción a probables; negación obstinada de lo, aunque real, inasumible. Así se vive sin ti; es así como no se vive, sin ti.

Y del tiempo tuyo… de aquellas luces de azul y brillo, de aquellos días de sol y risas, del sabor a miel y olor a ría, del pino verde y los campos de manzanilla, de aquel que fuiste en mí sin que yo supiese, hasta que marchaste y entonces supe; de tu tiempo -que fue el mío-, de tu tiempo -que eres tú-, me quedas tú.¿Cómo olvidar sin querer olvidar? Olvidar querría, sí, la pena que aún me duele, la melancolía que, a veces, me puede, el desconsuelo que me aflige y la rabia que no remite; pero no quiero, ¿cómo podría?, olvidarte, ni perder tu risa ni dejar tus días… sentirte cerca, besar tus besos, tenerte, quererte y acariciarte ¿cómo podría…?

Me duele, sin remedio, sentir el vacío de tanto tiempo sin ti. Y me duele, también, tener que sentir, sin remedio, el vacío de este tiempo sin ti.

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