Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Padre mío, que estás con Dios en el cielo y que en la tierra sigues vivo en mi memoria y en mi sangre, en las palabras que me enseñaron a mirar el mundo y en el silencio que acompaña mis dudas. Santificado sea tu nombre en mis gestos cotidianos, en el trabajo honrado, en el valor puro de la palabra dada y cumplida, en la forma, respetuosa, cercana y sensible, con la que pretendo tratar a los demás como, sin excepción, tú me trataste a mí.
Venga a mi alma el recuerdo de tu ejemplo, tu manera firme y sencilla de estar en la tierra, tu paciencia para esperar, tu valentía para decidir cuando era necesario, tu recatada y conmovedora emotividad que en ocasiones descubría en tus lágrimas desbordadas, aunque siempre furtivas. Hágase tu enseñanza en mis actos, así en los días radiantes y luminosos como en las noches difíciles en las que revolotean y me abruman tantos pájaros negros. Alumbra mi camino y descúbreme el porqué de este vagar al que muchas veces no le encuentro sentido.
Dame hoy el pan de tu consejo, la memoria cabal de tu bonhomía, de aquel coraje tuyo que sólo se aprende mirando a la cara. Aliméntame con la remembranza de tu obrar sensato, con la calma con la que sabías sembrar incluso en las horas tormentosas.
Perdona mis errores padre, como yo intento perdonarme cuando me traiciono a mí mismo, cuando me alejo de tu singular modelo o cuando olvido agradecer lo recibido. Adiéstrame –en ti anidaba– en el arte noble de pedir perdón sin orgullo y de lograr ofrecerlo sin reticencias ni ambages.
No me dejes caer en la rutina que endurece el corazón, ni en el miedo que lo paraliza, ni en el cansancio que desatiende lo esencial. Líbrame de la indiferencia y del rencor, ese odio enquistado que oscurece la mirada. Guíame con la evocación de tu actuar cuando tenga que ser fuerte y cuando, por contra, sea justo abrir mi espíritu a la ternura. Ruégale al Todopoderoso que aparte de los míos y de mí todo mal real o vislumbrado, toda cruz que no podamos soportar.
Porque tu herencia no es únicamente lo que dejaste, sino lo que sigo construyendo gracias a ti: la dignidad, la constancia, la fe en las personas, el amor que no hace ruido pero permanece. Padre mío, ahora y hasta mi muerte, que tu presencia siga habitando en lo que soy y en lo que aspiro a ser cada día. Que así sea.
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