Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

La conciencia inconsciente

CON más frecuencia de la que quisiera, oigo decir que ya no hay conciencia. Creo sinceramente que la hay; aunque su explicación sea harto difícil de plantear. Con poco que te asomes al intríngulis de la misma se siente uno sobrecogido por las dimensiones hercúleas que se esbozan en el simple hecho de enunciarla. ¿A qué clase de conciencia hay que referirse, o referenciada a qué o a quién? Si cada uno tiene la suya, y ésta es personal e inviolable, dónde situar aquella que a todos compromete y adecúa en el respeto de la social convivencia. Y no me refiero a la multa que conlleva la infracción, que es incuestionable con su dialéctica punible, sobre todo si lima el bolsillo, y espabila la consciencia de los deberes con eficacia envidiable. ¿Dónde se sitúa esa voz interior capaz de hablar sin palabras y convencer de que aquello que haces es correcto o incorrecto, bueno o malo, y llega a tocarte la fibra de lo que te importa? Más aún, ¿por qué se tiene conciencia de tenerla o no? Hay quien dice tener conciencia de pueblo; los hay que la tienen tan desarrollada y plena que todo lo hacen a conciencia; como los inconscientes, que también la tienen, precisamente por dejadez, aunque no estén dormidos; porque puede haber inconsciencia plácida y dormida, o despierta, casi siempre, esta última, trabajando por resbaladeros y lodazales.

Algún avispado lector se habrá percatado del uso indistinto que hago de la consciencia como capacidad del ser humano de percibir la realidad y reconocerse en ella, y de la conciencia, como conocimiento moral de lo que está bien y lo que está mal. Efectivamente lo hago conscientemente, primero porque los dos términos provienen de la misma raíz etimológica (del vocablo latino ‘conscientìa’). Esta es una situación en la que deliberadamente quiero usarla como sinónimo (cosas mías que tengo conciencia de inconsciente). Tengo conciencia/consciencia de hasta dónde puedo llegar ¿veis? aquí son sinonímicas… Pero esta no es la cuestión. A lo que voy: qué pasa en nuestra sociedad que parece no tener conciencia ¿es una inconsciente? Hay cierta dejadez en ella por tenerla. Daos cuenta que toda conciencia hace referencia a los principios y valores que rigen la ética y la moral. Si son trascendentes se refieren a la moral, si lo son de convicciones políticas y civiles son éticas; en cualquier caso, la conciencia deriva de las convicciones. Pero ¿hay convicciones? That is the questión.

Vivimos una secularización a ultranza; y no solo por haber desterrado la convicción del terreno religioso, sino de cualquier terreno. Si desaparece Dios como principio rector de la conciencia, no penséis que podrá sustituirlo cualquier diosecillo del tres al cuarto. Es muy difícil sustituir el absoluto por un tribunal constitucional, un parlamento ideológico, una ley arbitraria o una naturaleza voluble. La conciencia tiene su apoyatura en los principios y, éstos, en bases que no sean caprichosas y movedizas. ¿Dónde hallarlas? ¡Otra vez la puñetera cuestión! En este terreno es fácil pasar de la falta de conciencia a la inconsciencia… ¿Veis la paradójica sinonimia a la que me refería? Hay que inventar un dios antes que se nos escape la conciencia; o venga un inconsciente queriendo hacer las veces de Dios –(por ahí anda uno suelto)- y nos robe la conciencia. Pero eso es una cosa que yo no quería relacionar…

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