Tribuna Libre

Carmen de Soto Díez

Fabiola Domecq Romero: mujer fuerte junto a la Cruz de Jesucristo

Fabiola Domecq Romero, sentada (a la derecha) en una fotografía familiar. Fabiola Domecq Romero, sentada (a la derecha) en una fotografía familiar.

Fabiola Domecq Romero, sentada (a la derecha) en una fotografía familiar.

Pensar en Fabiola Domecq Romero (5 de marzo de 1941 – 16 de septiembre de 2020) es pensar en su familia; inseparables a más no poder, a pesar de la dolorosa y temprana marcha de algunas. Ya quiso Dios curtir a su padre: Álvaro Domecq Díez, desde pequeño, llevándose a su madre.

Fabiola era consciente desde niña que la verdadera felicidad tiene sus raíces en forma de Cruz. Pudo experimentarlo en carne propia cuando, con ocasión de un tentadero de acoso y derribo, en la finca Las Lomas, Marisol, su hermana pequeña que montaba a Cantador, no pudo contenerlo al desbocarse, y un amigo con toda su buena intención quiso cogerla y pasarla a su caballo, pero solo logró que se cayera quedando estribada mientras el caballo desbocado corría a todo galope, ocasionándole la muerte. Perder a una hermana de 7 años, con solo 8, es algo que marca para siempre.

Era una mujer de empuje, con fuerte personalidad y mucha capacidad de liderazgo. Cariñosa y detallista con los demás. De sus padres recibió una buena formación cristiana y los valores indestructibles de la verdadera familia. En su juventud pudo participar en medios de formación impartidos por el Opus Dei, que le ayudaron a robustecer su fe y a crecer en espíritu de sacrificio y, en el sentido de la filiación divina; llegó a recibir la vocación y supo fielmente corresponder a Dios.

Enamorada a más no poder de Luis Fernando Domecq Ybarra, Tito, como cariñosamente le llamamos, y él de ella, contrajeron matrimonio. Dios quiso bendecirlos con 10 hijos, sí, 10; 8 mujeres y 2 varones. Tener 10 hijos y sacarlos adelante, a pesar de lo que puede implicar, para ellos era la faceta más gozosa de su vida. Una familia feliz, formada por 16 miembros, digamos íntimos y totalmente inseparables, sin menosprecio por los demás familiares cercanos.

Este núcleo central estaba compuesto por sus padres: Álvaro Domecq Díez y María Pepa Romero Sánchez Romate, por su único hermano: Alvarito, y la mujer de este, Maribel Domecq Ybarra, a su vez, hermana de Tito. Los 10 hijos eran: Fabiola, Luis, María José, Isabel, Antonio, Rocío, Reyes, Valvanera, Esperanza y Patricia. Todos juntos solían pasar temporadas en Los Alburejos, allí además de con la familia, podían disfrutar de la naturaleza con toda su riqueza, de la cría y cuidado del toro bravo, así como de los mejores ejemplares en cuanto a caballos se refiere.

Álvaro Domecq y Díez con su nieta Patricia. Álvaro Domecq y Díez con su nieta Patricia.

Álvaro Domecq y Díez con su nieta Patricia.

Todos vivían felices. Fue el Viernes Santo, 22 de marzo de 1991, cuando un fatal accidente de tráfico segó la vida de María José, de 21 años; Valvanera, de 15; Esperanza, de 13, y Patricia, de 11; además de su cuidadora Manoli Puerto. Duro, durísimo golpe para toda la familia, que aquel Viernes Santo, unidos a la Cruz del Redentor, supieron encajar con todo el sentido cristiano y una fortísima fe. La noticia consternó a toda España y no era para menos.

Fabiola y Tito, rotos de dolor, supieron encajar ese golpe junto a la Cruz, participando de ella y, junto al sagrario, dónde ardían 5 lamparillas que Fabiola colocó y mantenía encendidas. El sentido cristiano de sus vidas, hizo que la familia estuviera aún más unida. No hubo cabida para el hundimiento, ni para la desesperanza, sino todo lo contrario: mantuvieron la certeza de que Dios quiso llamar a tan temprana edad a esas niñas buenas y alegres, amantes de la vida y de toda la belleza y bondad que a su alrededor podían apreciar.

Si algo puede decirse de Fabiola, es el ejemplo que sin proponérselo supo dar, siempre apoyada por Tito y, a su vez, apoyándolo a él.

Pudo ver cómo sus otros 6 hijos fueron creando sus propias familias y cómo iban llegando los nietos. Siempre había sitio para todos, y creciente ilusión de disfrutar de la naturaleza, de los caballos; aprendían a montar desde muy temprana edad y a conocer la vida del toro. Luis y Antonio destacaron como buenísimos rejoneadores; todas y todos como excelentes jinetes. Al mismo tiempo se esforzaban en sus estudios, no todo era deporte y arte ecuestre.

Poco a poco, Fabiola fue adentrándose en una dura enfermedad que le hizo ser totalmente dependiente y la llevó a no reconocer a sus seres queridos. Los cuidados que durante muchos años recibió hasta su último aliento, fueron los mejores que a un ser humano se pueden proporcionar, sobre todo el cariño de los suyos y esos valores de la familia que supo edificar. Siempre apoyada por Tito y en su propio hogar.

Fue este 16 de septiembre, rodeada del cariño de todos los suyos, cuando Dios quiso llamarla para el encuentro 'cara a cara'. A nadie nos cabe la menor duda de que Dios le habrá premiado todo lo bueno que supo dar y hacer. Además, como es tan buen Padre y nos amó primero, no se deja ganar en generosidad: da el 100 x 1.

¡Gracias, Dios mío, por haber conocido y tratado tan de cerca a mi queridísima prima Fabiola! Que su ejemplo siga floreciendo.

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