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Inquisición

Si aceptamos las denuncias anónimas, la presunción de inocencia se viene abajo. Y con ella, lo que llamamos Civilización

Unade las cosas más preocupantes que ha suscitado el caso de Plácido Domingo -a raíz de las acusaciones de abusos sexuales por parte de nueve mujeres, ocho de ellas ocultas por el anonimato- es que mucha gente ha dado por bueno y razonable que esas denuncias existan y sirvan "para mejorar el trato que reciben las mujeres". Bien, sí, de acuerdo, es evidente que mucha gente que ha tenido conductas inapropiadas se lo pensará dos veces a partir de ahora -y sobre todo desde la aparición del movimiento MeToo-, pero no sé si nos damos cuenta de la repercusión terrorífica que puede tener en nuestras vidas el que se acepte como un hecho muy normal que alguien pueda verter acusaciones de forma anónima y sin que haya una investigación objetiva. Si aceptamos las denuncias anónimas, la presunción de inocencia -esa vieja garantía jurídica que ya existía en el código de Hammurabi hace cuatro mil años- se viene abajo de una tacada. Y con ella, también se viene abajo ese frágil edificio que llamamos Civilización.

Es muy fácil destruir la reputación de alguien. Basta esparcir una serie de rumores sobre abusos sexuales para que una persona de inmediato sufra un linchamiento en toda regla. En algunos casos, por supuesto, las acusaciones son fundadas, pero en otros casos las acusaciones se deben únicamente al deseo de venganza o a las envidias -sentimentales o laborales- o a la necesidad patológica de vivir un breve episodio de notoriedad pública (a menudo con la esperanza de percibir una recompensa económica). Y en estos casos, la persona falsamente acusada habrá vivido un calvario de humillaciones e insultos. Y lo que es peor, esa persona inocente habrá pasado por un monstruo -un violador, un delincuente sexual- ante sus propios hijos o ante su mujer o ante sus compañeros de trabajo.

Hace un año, se acusó de Morgan Freeman de conducta inapropiada con algunas mujeres. Todo fue un montaje de una periodista, pero durante un tiempo Morgan Freeman fue considerado un peligroso depredador sexual. Y lo mismo le pasó a Kevin Spacey, que perdió su trabajo en una película y una serie como consecuencia de una acusación falsa. Repito que los casos de abuso sexual existen y deben ser combatidos como sea. Pero el regreso de las prácticas inquisitoriales no augura nada bueno. El principio de la presunción de inocencia está en peligro.

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