Jerez Íntimo

Marco A. Velo

Jerez: Epifanía, Pimentel y el crimen de los Galindos

Alfa: Nadie ejerce el cosmopolistimo -ni siquiera imaginario- en esta mañana de madrugones donde la pureza de nuestra existencia -¡ah, la esencia!- sólo conoce y sólo admite y sólo contempla el timbre de voz infantil -¡vocecitas que al alba serían!- de los niños. ¡Que enmudezca la fanfarria del hombre robotizado! Hoy todo permuta el orden abusivo. El pulmón catártico de lo doméstico ha tocado la flauta de la ilusión.

Con el dorremi del contento desatado. Los pequeños resuelven a su antojo como en un ábrete sésamo que es cíclico -y que empero mantiene incólume el mensaje evangélico- cada 6 de enero. La algarabía que no tiene precio. ¡Qué bello es vivir – con navideño título cinematográfico por antonomasia de Frank Capra- en estos pendulares instantes de reloj que no marca las horas pese al tictac del tempus fugit! Los niños, siempre los niños, en su jornada sabática.

Hay lágrimas bañadas en las fuentes de este Nilo con afluentes de nostalgia. Regalar es un verbo expansivo cuya conjugación amalgama las intenciones del procomún. ¡A levantarse toca uniformados por el pijama de lo sustantivo! El ser humano entonces se quintaesencia. Nunca a contrapelo. Y se lava las lagañas de otras semipenumbras adultas. Ha amanecido ad gloriam –la luz parece tallada por un (incoloro) fogonazo retrospectivo-: la adultez no tiene cabida en este orto de Epifanía.

Hoy campan y campean y conquistan y reconquistan únicamente los churumbeles. Hoy la hermosura -beldad, sanctasanctórum, busilis- de la vida –que ahora observa con retina párvula- queda circunscrita a la (cenital/vital) alegría -incontinenti, desbordada como una catarata de churretes antiguos- de esta gente menuda. Nunca los nervios -tan indómitos a veces- se revistieron de tamaña inocencia. Ni la impaciencia sonrió antes con la redondez de estos mofletes sonrosados.

El aparato de propaganda de los Reyes Magos no es el blanqueo de la impostura: sino el desbloqueo de la cosificación de las emociones. Globalizan sus Majestades el vector intocable de esta suprahumana tradición. Bona fide. La amanecida del 6 de enero tiene algo de bisagra atemporal: y de multiplicidad personal (ejercemos a tiempo presente de padres de nuestros hijos a la par que revivimos –como en una transmutación corpórea, como en una transacción física que no pierde la identidad- cómo fuimos hijos de nuestros padres). Y todo -arbiter elegantiarum- volverá a suceder. En un salón repleto de ofrendas de amor…

Beta: En un par de mediodías me he bebido a gañote las 243 páginas de un libro abrasador/conmovedor. El crimen de los Galindos, escrito por Juan Mateo Fernández de Córdova -uno de los hijos de los marqueses propietarios del cortijo maldito-, da un giro copernicano cuarenta y tantos años más tarde. Con detallismo detectivesco, y tras décadas de pulcra investigación y familiares confesiones postreras, ahora sale a flote toda la verdad sobre esta matanza que conmocionó a la España del tardofranquismo y cuya crónica veraz pone los vellos como escarpias.

Estremece, hasta el doblamiento del costillar, todo cuanto sucedió. El libro -obsequio de Papá Noel el 25 a las claritas del día- me ha atrapado (con voracidad lectora) de principio a fin. Una narración de los hechos que por veces asusta de veras. Todo lo vivido en primera persona por el autor -un adolescente en la fecha de la tragedia-: sin pelos en la lengua y sin regates a la realidad jamás revelada. Ni plantación oculta de drogas ni crimen pasional ni delito perpetrado por legionarios. Ninguno de los asesinados fueron culpables. No se mataron entre ellos.

Y Jerez de la Frontera latente en el trasfondo pasivo del macabro suceso. Así como Utrera refulge como protagonista activa. No detallo nada para no cargarme el placer temblón de esta primera lectura. Manuel Pimentel ha elegido una obra decisiva para el catálogo de su editorial Almuzara. Absténganse lectores demasiado sensibles. Porque no pocas páginas de esta confesión descarnada salpica “sangre fresca”.

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