Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez y la muerte de Antonia Romero

No amó tan sólo durante una quincena, como la flor de agua descrita por Gerardo Diego. Porque ella -con el dulzor de terrones de azúcar en la blancura de su piel- vino al mundo como personificando el encanto de las rosas de Pemán, que, siendo tan hermosas, no conocen que lo son. Y si nuestra protagonista lo supo, siempre lo disimuló como un hechizo de ternura, discreción y segundo plano. Reservada y cariñosa, era talmente un “personaje muy hermoso”, como así llegó a definirla públicamente Francisco Fernández García-Figueras. Metódica, práctica, sociable, tierna, menuda de cuerpo. Antonia formó parte del paisanaje social del barrio de San Pedro cuando sus calles -años 60, años70, años 80- estaban regadas por un vecindario vivo y luminoso -poblado de calor humano- como un sol de infancia. Antonia, Antonia Romero Díaz, tuvo y sostuvo todo cuánto ansiaba a nativitate: una inextinguible capacidad para amar a los suyos. Apoyó mucho a su hijo en los estudios. Y es que una madre, ya se sabe, remitámonos al pasodoble hecho dintel poético de Juan Carlos Aragón: “Por más que se pueda perder/ y más que se pueda ganar./A donde se ponga una madre/ que quiten el bien/y que quiten el mal”.

Antonia fue madraza. De las de termómetro sin fiebre y manos de maicena. En su vientre de madre siempre singló la admiración por aquel niño -sangre de su sangre- que, estudiante ejemplar, fue creciendo intelectualmente como un trivium con lema de Baudelaire: siendo “sublime sin interrupción” a la luz del flexo de la mesa de estudio de aquella casa de calle Bizcocheros número 46, arriba del Carrefour de los años 70 que era Paulino. Niño que, por descontado, hacía dribling con los sobresalientes y la calificación cum laude para erigirse sin competencia -¡ah, las culturas griegas y latinas!- en el hoy ilustrísimo doctor en Filología Clásica, traductor reputado, miembro destacado del Centro de Estudios Históricos Jerezanos, vicepresidente de Letras de la Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras, vara de presidencia en la Hermandad de la Flagelación y túnica morada para su estirpe en la tarde noche del Viernes Santo: nuestro amigo -magister- Francisco Antonio García Romero -cofrade asimismo porque de casta le viene al galgo: ¿quién no recuerda en Jerez al autor de sus días, y esposo de Antonia, el cofrade de la Amargura y Loreto -y quien regentara Gráficas García en Monjas Victoria- Manolo García Parra, hombre de costumbres fijas, sonrisa amplia, peinado sano y entrecano y humor fino como un caballero del doble sentido que solía despedirse con su típico “decidme adiós”?

Antonia y Manolo formaron siempre un matrimonio machihembrado, como un puzzle de dos piezas, con conocimiento a la inversa y admiración recíproca. Antonia también quiso como un hijo al historiador Eugenio Vega Geán, otro prohombre de la cultura. Y como una hija a su nuera Mari Ángeles, ambas tantos años dando el callo -y puntadas con hilo- en el taller de costura de la Hermandad de Loreto. Antonia fue además como la madre de los académicos de San Dionisio, por su tenacidad y perseverancia a las sesiones de la docta casa -y a su integración con la práctica totalidad del cuerpo académico-. No en balde fue merecedora del diploma de Amiga de la Academia, en una noche invernal de cálidos afectos. Antonia acompañaba los Miércoles Santo a la Virgen desgarrada de los Descalzos, la del rostro pálido por los flagelos del mejor de los nacidos. Hace unos días Antonia, que contaba 95 años de edad, ya ha visto cara a cara a la Virgen de la Amargura. Y, feliz, le ha pedido por sus guapísimos nietos Paquito Antonio, Mari Ángeles e Irene y por esos dos milagros del cielo y biznietos Claudia y María. En Antonia se ha cumplido ahora el verso de los poetas del 27: “El aire se ha dormido porque eterna es la pureza”.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios