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Triunfa en el argumentario de la izquierda la noción (acaso el sentimiento) de su superioridad moral. Las verdades que ésta acoge y proclama se autoperciben como inobjetables. Más allá de errores gruesos y horrores evidentes, y lejos del alcance de cualquier otra ideología, ella porta la antorcha del auténtico progreso humano. La razón última de tan firme convicción nos la ofrece Ignacio Sánchez-Cuenca. En un librito que merece ser leído (La superioridad moral de la izquierda, Contextos, 2018), el filósofo y sociólogo Sánchez-Cuenca resume nítidamente la lógica de su rocosa fe: la izquierda es moralmente superior a liberales, conservadores y democristianos porque sus ideas son la expresión más pura de la mejor forma de vivir en sociedad, aquella donde no hay explotación ni dominación y los hombres (y las mujeres) son, como diría Rosa Luxemburgo, "completamente iguales, humanamente diferentes, totalmente libres". Luis Gonzalo Díez, en su réplica a la obra, subraya que, situado fuera del tiempo y de la realidad, en el etéreo nimbo de los valores absolutos, sin duda ese núcleo es imbatible: no estorba -ni estorbará- que jamás se haya encarnado o que no llegue en el futuro a encarnarse; su perfección y belleza permanecen inmunes al obstáculo de unos hechos de los que nunca será responsable.

Hay, al menos a mí me lo parece, un inquietante paralelismo entre el mensaje izquierdista y el mensaje religioso: las perversiones del esquema siempre quedan de cuenta de quienes lo aplican, por definición falibles, pero en nada desmienten los postulados de una doctrina excelsa, incontestable y, por ende, superior. No importa tanto lo que se hace como en nombre de qué se hace. Tampoco que haya sido mil veces vencida. El narcisismo moral de la izquierda resiste cualquier incoherencia práctica porque se nutre de la patente bondad de los fines y desprecia el embarrado y comprometedor vaivén de los medios. De ahí al dogmatismo y al sectarismo hay un pequeño paso que la izquierda, de hoy y de siempre, da sin reparo.

Divergente y matizada es la opinión que Íñigo Errejón aporta en el prólogo del ensayo. Pero no niega en ningún caso el principio apriorístico: la izquierda es, también para él, moralmente superior.

Queda, claro, el verificar los resultados tangibles de esa supuesta superioridad, el frío balance de su concreción histórica. Pero de esto, y de sus penosas contradicciones, me ocuparé la próxima semana.

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