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De Tántalo es la pena

Cuanto más se lee, más conscientes somos de lo mucho más que nos queda por leer

Hace muchísimos años me memoricé, moralista, estos versos de Quevedo (sobre una idea de Séneca (para defender la Aurea Mediocritas de Horacio)): «Quitar codicias, no añadir dineros/ hace ricos los hombres, Casimiro./ Puedes arder en púrpura de Tiro/ y no encontrar descanso verdadero». O sea, dicho en prosa o román paladino: que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Yo lo repetía tan adusto como barroco.

Hasta que he caído en que, con las lecturas, estoy talmente como el tal Casimiro. Ardo en púrpura de Tiro, pero no encuentro nunca jamás el descanso verdadero. Los libros tienen esto: uno que te encanta te empuja, imperioso, a desear leer muchos más. Los otros títulos del mismo autor, los maestros con los que tiene una deuda literaria, los compañeros de generación o sus amigos del alma y hasta los discípulos aventajados. Como Tántalo, aquel personaje mitológico que en el Averno estaba dentro de un río pero no podía beber, el lector está al borde del río de la literatura y bebe cuanto puede, pero esa bebida siempre es poca y no hace más que acrecentarle la sed.

Encima tiene que comer, lo que estrictamente no es ningún problema, pero conlleva trabajar para tener de qué. Es tiempo que se roba a la lectura. El trabajo es una bendición, en abstracto, pero, en concreto, cansa; y, a veces, tiene encima un gusto por la ironía que termina por no hacerte mucha gracia. Un trabajo mío es, precisamente, escribir sobre libros o hablar de literatura, lo que supone (hete aquí la ácida ironía) que no pueda leer casi nada de lo que me gustaría.

¿Quiere esto decir que se vive más feliz sin el veneno de la literatura en las venas? ¿La verdad? Creo que sí. Incluso se lee mejor, porque coge uno un best-seller, se tumba en el sillón satisfecho de su postura intelectual y ahí que se las den todas sin preocuparse de los antecedentes, de las influencias, de los adjetivos o de los anacolutos.

¿Quiere esto decir que, si pudiese, me desintoxicaría de la tinta y me dedicaría a mirar el reloj sin rencor, fijándome en su marca o en los bonitos que los hay? ¿La verdad? No, no me desintoxicaría. Ya dijo Goethe que la felicidad es un asunto de plebeyos y aquí andamos más preocupados con el sentido de la vida, emocionados con su angustia contrarreloj.

¿Cree usted que el estilo de este artículo es nervioso porque estoy crispado por la falta de tiempo para leer? ¿La verdad? Sí.

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