En nuestra tierra nos encanta salir de bares, de tabancos, en definitiva de vinos y tapas. Lo llevamos en el ADN y forma parte de nuestro día a día. Por eso, algunos de nosotros solemos pasear buscando bares donde sentirnos bien y poder disfrutar, en compañía, de la gastronomía de nuestra zona, que es rica en variedad y en calidad. Y por supuesto de los vinos que se crían en las antiquísimas bodegas que bañan, en mayor o en menor medida, las calles de Jerez. Como bien saben los lectores de este balcón, me gustan los vinos, especialmente los sherry. Por su autenticidad, por su esencia, su sabor, sus matices, sus maridajes y por supuesto, también por las diferencias que podemos encontrar entre las distintas marcas. Por ejemplo, quien guste de probar amontillados, sabrá que hay una gama muy extensa. Más biológicos, más oxidativos…y que, en concreto, los más conocidos, son fácilmente diferenciables. A la vista, nariz y boca. Menciono este hecho en concreto, porque ya he podido detectar algunos bares, y quiero pensar que es una práctica poco común, que rellenan las botellas. Es decir, pides un fino de una marca en concreto, y es otro vino (normalmente más joven y ligero) o pides una marca de amontillado muy distinguible, y no tiene nada que ver con lo que te sirven en la copa. Estas actitudes no solo desprestigian a los bares en cuestión, que ya, para su consumidor de vinos, quedan marcados. Sino que atañe directamente al vino de Jerez. Es una pena, que los bares, tabancos y restaurantes de aquí, que tendrían que ser grandes exponentes de los vinos que hacen famoso el nombre de nuestra ciudad por todo el mundo, intenten engañar al consumidor con estas prácticas piratas. Espero que, pronto, recapaciten y que pongan en valor las marcas que les ofrecen a sus clientes. Que no somos tontos.

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