Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 22. Parte I)

El joven emperador Francisco José en 1851 luciendo medallas militares y la banda de la Orden de María Teresa. El joven emperador Francisco José en 1851 luciendo medallas militares y la banda de la Orden de María Teresa.

El joven emperador Francisco José en 1851 luciendo medallas militares y la banda de la Orden de María Teresa.

Al día siguiente Jacobo se dirigió a casa del filósofo. Era temprano y estaba desayunando, pero la criada le dijo que pasara. Peruggia lo saludó y lo invitó a tomar café, aunque él declinó excusándose en que ya había desayunado.

Cuando Enrico conoció el proyecto que quería iniciar aquel joven al que tanto admiraba, decidió poner todo su empeño para que lo coronara con éxito. Le dijo que mandaría un recado a Rinaldi para que los recibiera en cuanto sus compromisos se lo permitieran. “Ten en cuenta que nuestro amigo es famoso en todo el mundo”, dijo sonriendo.

–Gracias, Enrico –respondió Jacobo mientras abandonaba la habitación–. Esta tarde pasaré a verte para que me digas cuándo nos encontraremos con Guglielmo.

Llegó a casa de su maestro, que ya había empezado la clase de ese día. No quiso interrumpirlo y se quedó oyendo desde la puerta. En ese momento Farinelli decía:

–El concepto de arte que tienen los chinos es muy distinto al nuestro. Para ellos, la originalidad y la creatividad no son, por sí solos, valores para medir la grandeza de un artista. Lo que importa de una obra es que el autor haya sido capaz de reflejar lo que ellos llaman su qi, que, para que lo entendáis, es algo así como el hálito, el aliento, que insufla cada cosa. Esto es así hasta el punto de que si la copia de una obra expresa su qi mejor que el original, se puede decir que, artísticamente, es superior a él.

Sonrió al ver las caras de asombro de sus discípulos y siguió:

–¿Os sorprende, verdad? La explicación es sencilla: para los chinos, en el arte importa más la expresión que la creación. La música, por ejemplo: el instrumento más propio de China es la cítara… En concreto, una cítara de siete cuerdas que ellos llaman quin. Todos sabemos que el repertorio melódico de la cítara es muy limitado, pero que, como contrapartida, las variaciones de los matices de su timbre pueden ser casi infinitas. Precisamente por esto, en la música china lo que más importa es el timbre. En esto se explica que para los chinos la belleza de una composición no se encuentra en el conjunto de sus notas, sino en cada nota misma. Para nuestros gustos occidentales esto resulta casi imposible de concebir, por eso es raro encontrar aquí a alguien verdaderamente aficionado a la música china. Seguramente que…

–Maestro –le interrumpió un alumno–, ¿quiere decir entonces que los músicos chinos dan más importancia al color musical de una nota que a la nota misma?

Al verse Farinelli interrumpido por su alumno frunció el ceño, pero al oír su razonamiento se le dibujó una sonrisa ancha.

–Muy bien, Raffaele -respondió-. La característica más singular de la cítara china es que cada nota tiene un color distinto en cada cuerda; de tal modo que, por ejemplo, el timbre de una misma cuerda es diferente si se pulsa con el dedo índice o con el dedo medio. No os lo creeréis, pero los músicos chinos han conseguido depurar tanto la técnica en el tañido de la cítara que existen hasta veintiséis variedades… solo del vibrato.

Se oyó un largo oh y Farinelli y se sintió complacido de haber sido capaz de producir el pasmo de sus alumnos.

Aprovechó Jacobo para entrar. Se sentó, pero no fue capaz de centrarse en las explicaciones de Farinelli, a pesar de que su clase sobre la música china debía de ser muy interesante porque constantemente se seguían oyendo exclamaciones de admiración por lo que contaba.

Cuando la sesión terminó y Farinelli se disponía a salir de la habitación, Jacobo se le acercó para contarle la conversación que había mantenido con el filósofo. El maestro sonrió satisfecho.

–Creo que estoy ante un hombre rico –dijo con una sonrisa-. Y, con un poco suerte, un hombre rico con título: conde de… Qué digo conde, marqués o duque… Así no serás menos que tu suegro, aunque es difícil ser menos que ese sinvergüenza sin palabra.

Hizo sonar una campanilla y todos los discípulos se arracimaron a su alrededor. Uno de ellos le pidió que repitiera algunas de las czardas que interpretó en Hungría. Él ordenó que le trajeran de su despacho las partituras y, al poco, la casa se llenó de una música alegre que los discípulos acompañaban con palmas.Al acabar la tercera czarda un criado entregó una nota a Jacobo. Giovanna lo citaba para verse con él esa tarde.

Jacobo no podía decir que la hubiera echado de menos, pero le gustó que ella lo buscara.

Esa tarde fue Jacobo quien llegó antes a la casa en la que celebraban sus encuentros. Enseguida llegó Giovanna. Se la veía radiante y tan hermosa como siempre.

–Il mio bello spagnolo. Me he acordado mucho de ti en estos días –dijo mientras lo besaba con una lentitud tierna que Jacobo desconocía en ella–. Sé que pronto se acabarán nuestros encuentros, pero mientras tanto los disfrutaré.

Jacobo sonrió, pero no dijo nada.

–No sé –dijo ella, mientras la voz se le hacía miel– si podré sobrevivir sin ver cada día esos agujeritos de tu cara.

Él la abrazó y la llevó hasta la cama. No tuvo que imaginar que la piel que besaba y la fruta que horadaba su vigor eran las de Mencía para sentirse excitado.

Dos horas después, ambos hablaban echados sobre las sábanas de hilo gris.

–Mi marido –dijo Giovanna– me contó que el conde Veszprém-Kaposvár ha ofrecido una fortuna a quien sea capaz de mantener en su palacio un recuerdo vivo de su esposa cuando ella muera… lo que desgraciadamente ocurrirá pronto, porque la he visto muy desmejorada. A mí me da mucha pena porque me admira la fuerza con la que se enfrenta a esa enfermedad que padece, para la que casi no se conocen remedios médicos. Como ama tanto la música le hablé de tus fuentes y enseguida le dijo a su marido que quería que las fuentes de su palacio sonaran como las nuestras de Roma.

Jacobo la miraba sorprendido. Hasta entonces no había conocido a esa Giovanna tierna y sensible. Pensaba que solo era una mujer aquejada de una sensualidad incontrolable y apretó su mano con dulzura.

–Cuando me preguntó cosas de ti –siguió Giovanna– procuré evitar cualquier entusiasmo en mis palabras, no fuera a ser que sospechara de nuestra relación. Le conté que eras muy inteligente, aunque algo triste porque andabas enamorado de una noble española, cuyo padre, un marqués, se negaba a vuestra relación ya que tú carecías de título y dinero. Ella respondió que sería sin duda un estúpido. “Yo tengo mayor fortuna –me contó– y seguro que más títulos de nobleza que ese marqués, ¿y de qué me sirven ante esta enfermedad que me está matando?”… Te aseguro, Jacobo, que esto no lo decía con tristeza o angustiada, sino con resignación.

Él la miraba embobado. El tono de su voz reflejaba el profundo afecto que sentía por aquella condesa húngara. Giovanna acercó la mano de Jacobo a su pecho y siguió:

–El caso es que la condesa se quedó un momento en silencio y después me dijo: “Si ese joven llena mis fuentes de música, no solo será rico, sino que haré que mi marido hable con el emperador Franz-Otto, del que es primo, y le convenza para que le otorgue un título austríaco o húngaro”.

Comprendió entonces Jacobo las palabras misteriosas de Farinelli cuando le habló de que era posible que, junto con sus honorarios, recibiera un título de nobleza.

Se vistieron lentamente y en silencio. Ella se dirigió a su casa y Jacobo a la de Enrico de Peruggia.Al filósofo se le iluminó la cara cuando lo vio.

–Rinaldi –dijo– desea que nos encontremos en casa de Farinelli porque quiere conocer las fuentes. Hemos quedado en vernos allí mañana a las diez. Tendrás que avisar a tu maestro, pero no creo que ponga otro inconveniente que la hora de la visita.

Jacobo se marchó feliz y cuando llegó a casa del maestro se dirigió enseguida a su despacho para repetirle aquella conversación.

–¡Rinaldi en mi casa! –exclamó-. Para mí, para esta casa, es un honor. Un científico y un inventor de su prestigio aquí… Aunque verdaderamente estos inventores son unos estrafalarios: una visita a las diez de la mañana… Bueno, me levantaré a las siete y me arreglaré a toda prisa.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios