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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 28. Parte II)

Ferdinand Georg Waldmüller, la soprano Josephine Fröhlich, el barítono Johann Michael Vogl y Franz Schubert cantan y tocan un 'lied' a tres voces. Dibujo a lápiz, 1827. Biblioteca Nacional de Austria. Ferdinand Georg Waldmüller, la soprano Josephine Fröhlich, el barítono Johann Michael Vogl y Franz Schubert cantan y tocan un 'lied' a tres voces. Dibujo a lápiz, 1827. Biblioteca Nacional de Austria.

Ferdinand Georg Waldmüller, la soprano Josephine Fröhlich, el barítono Johann Michael Vogl y Franz Schubert cantan y tocan un 'lied' a tres voces. Dibujo a lápiz, 1827. Biblioteca Nacional de Austria.

Miró de reojo a Giovanna, y dijo:

–Veo, querido Jacobo, que tienes unas manos prodigiosas.

La duquesa estaba ya roja como un tomate. Ahora era a Giovanna a quien se le subieron los colores cuando se encontró con la mirada pícara de la condesa, pero había puesto tanto disimulo en ella que incluso pasó desapercibida para Farinelli, a quien no se le escapaba una. 

Se volvió de nuevo a Jacobo:

–Supongo que el conde te pagará lo que merece tu trabajo, pero también yo quiero contribuir haciéndote un regalo… Lo que me pidas, siempre que esté en mi mano. Ni nuestros queridos emperadores, Franz-Otto y Valéria, que disfrutan de todas las cosas materiales que desean, poseen un objeto que pueda comparase con el nuestro. Los días que me queden de vida los pasaré felices escuchando tu música de agua.

Jacobo la miró con una sonrisa de agradecimiento. La duquesa tenía los ojos fijos en sus mejillas horadadas por los hoyuelos.

Jacobo se quedó un momento en silencio y respondió:

–“Mi música de agua”… Ya me ha regalado usted algo muy valioso, condesa: una preciosa descripción de mi invento. Pero, permítame que abuse de su generosidad y le pida algo más.

–Dime qué deseas. 

Jacobo la miró fijamente y contestó:

–Salvo las fuentes, nada me gusta más en el mundo que la música. He oído que su voz es muy hermosa. El regalo que le pido es que, después del almuerzo, me dedique usted algunos lieder de Schubert. Estoy seguro de que el maestro aceptará acompañarle al piano.

–Pero mi querido Jacobo –contestó ella–, mi voz es ya un naufragio a causa de mi enfermedad. No he vuelto a cantar desde que me la diagnosticaron… Aunque, bueno, debo cumplir mi promesa: si me pides que cante, lo haré gustosamente. Seguro que pasarás por encima mis fallos.   

Después de la comida se reunieron en el salón de baile y Farinelli se sentó ante el piano. Jacobo llevaba ya preparado un pequeño cuaderno en el bolsillo, se situó detrás del conde y lo sacó, colocándolo disimuladamente sobre su pierna, y extrayendo de él un fino lápiz.

Farinelli empezó a tocar y, a su indicación, la condesa, a cantar. Tenía una voz melodiosa y finamente educada en la música. Jacobo se preguntó cómo sería antes de la enfermedad porque, contra lo que él suponía, sonaba limpia y clara.

Fue tomando nota de todos los matices que descubría en aquella voz y cuando la condesa interpretó el último de los lieder ya tenía información suficiente. Además, sentía la tranquilidad de saber que si algunas de sus anotaciones eran erróneas los conocimientos en voces líricas de Farinelli las corregirían.

Los duques se despidieron. Giovanna y la condesa se miraron con una sonrisa cuando vieron que la duquesa Kesztehely se despojaba con disimulo de los guantes, antes de extender blandamente la mano a Jacobo para que se la besara.

Cenaron esa noche tantos y tan ricos platos que no protestó Farinelli.

Al término de la cena se acercó un criado a la condesa y le entregó una carta. Ella hizo un gesto de desagrado y dijo con voz resignada:

–Siento tener que informaros de que mi médico me cita mañana en su consulta de Balatonfüred. Al parecer, ya tiene los resultados de las pruebas que me hizo. Tendré que estar fuera un par de días. Volveré pasado mañana por la tarde. 

Se dirigió después a los duques para decirles:   

–Seguro que me perdonaréis la descortesía de no atenderos todo el tiempo que teníamos previsto.–No te preocupes, querida –respondió la duquesa–. Comprendemos la urgencia de tu marcha. Además, ya consideramos por bien cumplida la estancia en tu casa con el espectáculo que nos has ofrecido con la fuente… Nos marcharemos mañana temprano, pero te prometemos volver muy pronto para recuperar el tiempo que no hemos podido disfrutar de ti hoy.

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