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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 29)

Ilustración para el boticario rural Homais, personaje de 'Madame Bovary' de Flaubert (1857). Ilustración para el boticario rural Homais, personaje de 'Madame Bovary' de Flaubert (1857).

Ilustración para el boticario rural Homais, personaje de 'Madame Bovary' de Flaubert (1857).

La visita de Pedro Corbacho y Juan Ruiz a don Senén había terminado con el compromiso del boticario de preparar la pócima con la que envenenar a Mencía. Don Senén sintió un escalofrío cuando Corbacho le preguntó si la ricina produciría dolor al sargento que iba a ser ajusticiado. Había algo sádico en la idea de justicia de no pocos de los miembros de la hermandad: no bastaba con quitar la vida a los enemigos del pueblo, los ajusticiados debían sufrir.

–Mucho, Corbacho –respondió secamente–. La muerte por ese veneno es muy dolorosa. Notará que se le cierran los pulmones y sufrirá terribles dolores intestinales y tremendas diarreas. Lo que hizo ese miserable con la muchacha lo pagará con creces con su agonía.

Hacía tiempo que pensaba que aquel Corbacho y su hermano estaban afectados por una maldad enfermiza. La sonrisa complacida con que recibió aquella respuesta se lo confirmó. Corbacho se dio la vuelta y musitó: “Por meterte en lo que no te llaman, perra”.

Nada más salir, dijo Juan Ruiz:

–Se ha tragado lo del sargento. Ya tengo pensado cómo la envenenaremos.

–El cochero, ¿no? –contestó Corbacho.

–Pues sí. Le prometeremos unas pesetas para que sea él quien le entregue la carta, advirtiéndole de que no pierda de vista a su señorita hasta que la abra. En cuanto tengamos la carta envenenada lo citaremos en mi choza.

Juan Ruiz asintió y volvieron a El Alcornocalejo.

Dos días después, uno de los roperos, miembro de la hermandad, que andaba por las gañanías de la comarca recogiendo la ropa de los braceros para lavarla, fue a ver a Juan Ruiz para decirle que don Senén le pedía que pasara por su botica a recoger la medicina que le había encargado.

Juan Ruiz transmitió inmediatamente la noticia a Pedro Corbacho y los dos se pusieron en camino a El Plantío.

Esta vez llamaron por la puerta de la rebotica. Les abrió el mismo don Senén.

–Pasad rápido –les dijo, después de asegurarse de que no había nadie en la calle que hubiera podido ver que entraban–.

Don Senén se dirigió a su mesa, sacó del cajón una cajita de cuero y se la entregó a Juan Ruiz.

–Por vuestro bien, no se os ocurra abrir sin muchísimo cuidado la caja. El que lo haga sin protegerse está muerto; y si el otro está a su lado, también. Tampoco debéis espolvorear sin un cuidado extremo el veneno bajo la pestaña del sobre, sino que tendréis que hacerlo con toda precaución, cubriéndoos la nariz y la boca con un pañuelo. Una vez que hayáis terminado quemad el pañuelo y la cajita no vaya a ser que quede algo de polvo en ellos. Iba a preparar el veneno yo mismo porque me gustaría ser el verdugo de ese miserable sargento, pero creo que ya me estoy arriesgando demasiado. ¿A quién le vais a pedir que prepare la carta?

–No lo sabemos, don Senén –contestó Juan Ruiz–. Contábamos con que lo haría usted. Ya pensaremos en alguien.

Se marcharon. Durante el camino de vuelta iban pensando a quién le podrían encargar ese trabajo tan delicado y peligroso. De pronto, exclamó Juan Ruiz:

–Ya está. ¡El músico!

–¿Quién, don Julián? –preguntó Corbacho–.

–Claro, de los de la comisión es el único que sabe leer y escribir. Además, es un hombre muy meticuloso y está acostumbrado a manejar instrumentos de música, que me supongo yo que serán muy delicados.

–Tienes razón, Ruiz. Mañana mismo iremos a verle a su casa. Por cierto, quédate tú la cajita con el veneno. Yo tengo niños en casa y no vaya a ser que por mano del diablo…

–De acuerdo –respondió el otro–. Yo la guardo. Mañana nos vemos en la puerta de tu casa.

Al día siguiente apareció Juan Ruiz en la cancela del pegujal de los Corbacho. Enseguida apareció Pedro calándose la gorra. Le ordenó:

–Andando.

Iban en un carro tirado por una mula, tan en silencio, que el roce de los adrales era lo único que se oía. Después de un rato, llegaron a casa de don Julián. Se bajaron y Pedro tocó la campanilla de la puerta.Les abrió doña Catalina. Nada más ver a aquellos dos allí notó que le fallaban las piernas. No le gustaban ni pizca: intuía que nunca traían nada bueno para su casa.

Pensó en decirles que su marido estaba fuera de la ciudad, pero se oía un piano y, entre acorde y acorde, su voz chillona. Además, le daba miedo mentirles y que descubrieran el engaño. No comprendía cómo su marido, siendo como era, tuviera algo que ver con aquellos facinerosos.

–Queremos ver a don Julián –dijo Corbacho–.

–Está dando clase a un alumno. Tendréis que esperar –contestó ella–.

–Usted dígale que estamos aquí –exigió en tono irritado Corbacho–, y ya veremos si él quiere que esperemos o no.

Doña Catalina no quiso tensar más la situación. Se dio media vuelta y, sin decirles que pasaran, se dirigió a la salita en la que su marido daba las clases.

A don Julián también se le cambió la cara cuando su mujer le comunicó quiénes le esperaban. “¿Qué querrán esos dos? No me fío ni un pelo de ellos”, pensó.

Salió y les pidió que entraran y esperaran un poco, que enseguida acababa la clase.

De mala gana se sentaron en el sofá, en silencio.

Cuando el alumno se marchó, don Julián fue a preguntarles en tono seco:

–¿Qué queréis de mí?

–Nosotros nada, es la hermandad la que le necesita –respondió Juan Ruiz–.

–¿Para qué me necesita?

–Se ha dictado sentencia de muerte y nos hace usted falta para ejecutarla.

Don Julián sintió una sacudida interior. Respondió con voz seca:

–En la hermandad yo soy juez, no verdugo. Eso encargádselo a alguien que tenga el temple y la costumbre que hacen falta para matar, no a mí.

–Hemos decidido que sea usted porque se trata de un trabajo que no puede hacer cualquiera. En la hermandad hay mucha gente bragada, de esa que no duda a la hora de dejar a uno en el sitio, pero para esta muerte no valen ni la navaja ni la escopeta.

–¿Cómo pensáis entonces ajusticiar a ese hombre?

Corbacho se rió:

–No es un hombre, sino una mujer. Y la vamos a ejecutar con un veneno que traemos aquí y que nos ha preparado don Senén, el boticario de El Plantío.

–¿Una mujer? No contéis conmigo. ¿Cómo habéis convencido a don Senén para que colabore en el ajusticiamiento de una mujer, sea lo que sea que haya hecho?

–Mintiéndole –respondió Corbacho tan tranquilo–.

–¿Y por qué me lo contáis a mí? Me va a faltar tiempo para hacerle saber que lo habéis utilizado para matar a una mujer.

Corbacho compuso el gesto agrio del hombre que se esconde, que se pliega en su propia miseria. Se miró la uña del meñique, mucho más larga que las demás, y respondió con una voz ronca, feroz y desafiante:

–Usted va a mantener la boca cerrada o diremos que estaba en el ajo… Y eso, solo para empezar. Después están su vida y la de su mujer: o nos ayuda o reunimos a la comisión y les decimos que la Guardia Civil detuvo a los compañeros que ajusticiaron al ventero de la carretera de Trebujena por un chivatazo de usted.Don Julián sintió que el corazón le iba a estallar. Aquellos dos eran muy capaces de cumplir con sus amenazas. Si quería conservar su vida y la de su mujer no tenía más remedio que colaborar con ellos.

–Está bien, pero decidme: ¿quién es esa mujer y qué ha hecho contra la hermandad?

Corbacho y el otro se miraron, pero el primero desvió enseguida la mirada a un cuadro. Juan Ruiz comprendió que con aquel gesto su camarada le estaba indicando que ahora le tocaba a él convencer a don Julián para que aceptara. No le gustó. Él no era hombre de palabras, sino de hechos.

Don Julián se apercibió enseguida de la incomodidad de Ruiz, que se reflejaba, sobre todo, en su boca sumida. Cualquiera podía ver que estaba nervioso e impaciente. Puso su mano en el antebrazo de don Julián, que la sintió como la garra de un ave de presa, y respondió con voz cortante y en un tono profundamente desagradable:

–Empezaré por lo segundo: a usted no le interesa lo que ha hecho, solo que merece la muerte. Y ahora lo primero: la hija del marqués ése de las bodegas de brandy.

–¿Mencía? –gritó angustiado, don Julián–. Podéis matarnos a mi mujer y a mí, pero no participaré en su asesinato. No sé cuáles son las razones por las que la hermandad ha decretado su muerte, pero conozco a esa muchacha y sé que no puede ser por nada que haya hecho contra los trabajadores. No contéis conmigo.

Pedro Corbacho se levantó sonriente, sacó su navaja y gritó:

–Doña Catalina, haga usted el favor de venir un momento.

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