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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 30)

En primer plano, sombrero húsar del siglo XIX como los de los uniformes de gala de la policía húngara. En primer plano, sombrero húsar del siglo XIX como los de los uniformes de gala de la policía húngara.

En primer plano, sombrero húsar del siglo XIX como los de los uniformes de gala de la policía húngara.

Durante la cena que celebraban los condes, los duques de Kesztehely, y los Farinelli y Jacobo la condesa les había hecho saber que su médico la había citado en su consulta de Balatonfüred para hacerle unas pruebas inaplazables.

Después de la cena, el conde, Farinelli y Jacobo decidieron aprovechar el viaje de la condesa para afinar la fuente con su voz. Jacobo la tenía definida en las anotaciones de su libreta; Farinelli, en su cabeza.

El conde los había citado a todos muy temprano. Cuando llegaron Farinelli y Jacobo –quien se sentía muy apurado por el retraso, motivado por la lentitud en arreglarse de su maestro–, allí se encontraban ya el conde, su sobrino y los músicos. También estaba, algo separado de ellos, el afinador de fuentes del conde, con gesto contrariado.

Hacía un rato que el conde había despedido a los duques de Kesztehely. Lo había hecho muy amablemente; aunque, pensando en su mujer, omitió fijar fecha para la siguiente visita.

Jacobo se dirigió hacia la caja de hierro en la que Ferretti había dejado las piezas que había que instalar en esa fuente. Nada más abrirla, vio que dos de las celdillas en las que, por piezas, estaba dividida se encontraban vacías.

–¡Han desaparecido las lengüetas y los biseles! –casi gritó–.

–¿Que han desaparecido piezas de la caja?... ¿En mi casa? –exclamó el conde con cara en la que se mezclaban el asombro y la indignación–. Que se llame inmediatamente a la policía. Quien lo haya hecho va tener que responder… Dieter, encárgate tú. Dile al primer cochero que encuentres que te conduzca hasta Tihany y haz el favor de pedir al jefe de la policía que se persone aquí enseguida.

Dieter, como los músicos, parecía paralizado por la sorpresa. Se oyó entonces la voz de Farinelli:

–Le ruego que recapacite un momento, conde. La intervención de la policía es siempre aparatosa: interrogatorios, búsqueda de pistas, intervención de un juez…. Así que es muy probable que su idea de que la condesa nunca se entere del objeto de esta fuente quede frustrada. ¿Qué le parece si antes de avisar a nadie usted y yo examinamos el asunto detenidamente y decidimos qué hacer?

El conde lo miró gravemente. Se quedó un momento pensando y respondió:

–Tiene razón, Farinelli. Todos mis planes y el esfuerzo por cumplirlos pueden quedar frustrados. Vayamos a mi despacho.

Los demás se quedaron allí, comentando y haciendo cábalas sobre lo que acababa de producirse.

Un rato después, apareció un criado reclamando la presencia de Jacobo y Dieter en el despacho del conde.Cuando entraron los vieron sentados: el conde tras la mesa; Farinelli, en uno de los confidentes, fumando tranquilamente un habano.

–Sentaos, por favor –dijo el conde con voz serena–.

El conde miró a Farinelli, quien se dirigió a ellos:

–El señor conde y yo hemos llegado a la conclusión de que las piezas que faltan se las ha llevado alguien de la casa porque nadie de fuera se hubiera atrevido a robar aquí. Y si hay alguien con suficiente valor para hacerlo no se hubiera llevado unas simples piezas de metal, con la cantidad de objetos preciosos que existen en cualquiera de las habitaciones principales.

–Tiene lógica – respondió Jacobo–. ¿Tenéis algún sospechoso?

–Sí –respondió Farinelli–, tenemos dos. Los dos que sabemos que están en contra de tu invento: el afinador de fuentes y Balázs, el músico.

–Eso también tiene lógica –replicó Dieter–. ¿Y cómo habéis pensado obtener la confesión del que haya sido?Farinelli exhaló una densa bocanada y contestó:

–Lo hemos estado pensando. No nos parece probable obtener una confesión del autor del robo porque sabe que será despedido, denunciado ante la policía y castigado severamente, ya que los condes, al ser familia del emperador, ostentan en el imperio la condición de autoridad… Pero hemos elaborado un plan para descubrir quién es.

–¿Un plan? –preguntó Dieter.

Respondió el conde:

–Así es. Un plan, por lo demás, bastante sencillo, como vais a ver… Estamos seguros de que el ladrón ha visto mi reacción al conocer el robo, y a estas horas debe de estar lleno de arrepentimiento. Sobre todo, porque se habrá dado cuenta de que basta con que Ferretti mande otra vez las piezas que él ha sustraído para que se instalen en la fuente, y el robo, por tanto, no le habrá servido sino para acabar despedido de la casa y con sus huesos en la cárcel. Por eso hemos decidido reunir a todos los que estábamos presentes cuando se descubrió… Ahora –dijo mirando a Dieter–, entras tú en el plan: voy a ordenarte que vayas al pueblo a reclamarle al jefe de la policía que se persone en palacio inmediatamente… Tú lo harás: irás a la comandancia, preguntarás por el jefe de policía y hablarás con él de cualquier cosa que se te ocurra… De la montería del mes que viene, de las yeguas que se escaparon hace unos días… de lo que quieras, menos del robo. Entretanto, los demás permaneceremos reunidos en este despacho. Cuando vuelvas, dirás que te ha contestado que no puede venir hasta mañana, porque debe disponer lo necesario para utilizar un nuevo sistema de investigación que se basa en el dibujo de la piel de los dedos, que es distinto en cada persona. Tienes que afirmar que es infalible y muy simple: bastará con espolvorear sobre la caja de las piezas un polvo especial y aparecerán enseguida las huellas de todos los que la han tocado… Después, seguirás diciendo que bastará con investigar los dibujos de la piel de los dedos de todos los que viven o trabajan en esta casa para determinar sin ningún género de dudas a quién corresponden esas huellas. Sabemos que los únicos que pueden haberla tocado son Ferretti y Jacobo, y ambos están libres de toda sospecha.

Jacobo estaba asombrado. Preguntó:

–¿Es verdad eso de los dibujos de la piel de los dedos?

–Lo es –respondió el conde–. Precisamente la primera investigación que se ha hecho usando este método la ha efectuado un súbdito del imperio, un croata que trabaja para la policía argentina. Lo que no es cierto es que esta modernidad haya llegado hasta un pueblo tan pequeño como Tihany, pero eso, ellos no lo saben.

–¿Y entonces? –preguntó Dieter–.

–La segunda parte del plan consiste en hablar con el afinador de fuentes y con Balázs, por separado. Mientras yo estoy con cada uno de ellos tratando de cualquier cosa que se me ocurra, aparecerá Farinelli para decirme en voz baja, pero suficiente para que se le oiga, que la caja de las piezas se ha guardado en tal sitio. Cuando esté hablando con el afinador me dirá que en la casa de los aperos; cuando lo esté haciendo con Balázs, que en el guadarnés. En cuanto salga cada uno de esta habitación vosotros dos os ocuparéis de seguirle los pasos: tú, Jacobo, al afinador; tú, Dieter, al músico. Tened mucho cuidado de no perderlos de vista ni un segundo.

El conde y Farinelli siguieron el plan concebido. Una vez que Jacobo y Dieter vieron salir del despacho al afinador de fuentes y al músico, cada uno se fue detrás del que le habían asignado.

Nada sucedió durante la mañana ni por la tarde, pero, ya oscurecido, entró corriendo Dieter en la casa. El conde cenaba con los Farinelli.

–¿Qué ocurre? –preguntó el conde, alarmado por la cara de su sobrino–.

–Algo inimaginable, tío Fèrenc. Hasta que no he comprobado que efectivamente era él el ladrón no me lo podía creer –respondió Dieter muy excitado–.

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