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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 32)

Fuente en el Palacio Esterhazy, considerado el 'Versalles húngaro'. Fuente en el Palacio Esterhazy, considerado el 'Versalles húngaro'.

Fuente en el Palacio Esterhazy, considerado el 'Versalles húngaro'.

Estaban cenando el conde con los Farinelli cuando su sobrino entró en la sala precipitadamente y con gesto muy alterado.

Al ver su cara, le preguntó el conde:

–¿Qué ocurre Dieter?

–¡Increíble, tío Fèrenc! ¡Increíble!... Ha sido Balázs. Lo he visto entrando en el guadarnés. Estuvo allí unos minutos y después salió como había entrado: escondiéndose entre las sombras. Nada más marcharse, entré y me fui hacia la caja de las piezas; la abrí y vi que todas las celdillas estaban completas. Está claro que había estado allí para devolver a sus celdillas las que robó… ¡Cómo es posible que se haya atrevido a corresponder así a vuestra generosidad! Lleva trabajando para ti y para tía Mària más de treinta años. Gracias a vosotros ha podido dar educación universitaria a sus hijos, ha vivido sin pagar nada en la casa que le cedisteis, ha…

El conde sintió desvanecerse. Se le llenó la mirada de un hondo abatimiento. Al fin pareció recuperarse. Farinelli lo miraba muy fijamente y le apretó el brazo. El conde le devolvió la mirada y dijo:

–Te dije que sería él. Hace mucho tiempo que descubrí cómo era de verdad. Me costaba trabajo hacerme a la idea de que fuera alguien de mi propia casa. Alguien que, a pesar de saber que el único fin que he perseguido al instalar el invento de Jacobo en las fuentes es endulzar el final de la vida de la condesa, no ha tenido escrúpulo ninguno en intentar frustrarlo.

–Tienes razón, tío Férenc. Ese Balázs es un miserable.

El conde lo miró. Todo su abatimiento desapareció de pronto.

–Balázs, no, Dieter. Tú, tú eres el miserable –le gritó–. ¡Un traidor a tu propia sangre! La condesa y yo te hemos tratado siempre como hijo, no como sobrino. Por no darle un disgusto a tu tía, he mirado hacia otro lado las decenas de veces que los contables me han advertido de que las cuentas en España no están claras, que ha desaparecido dinero… mucho dinero.

Dieter se quedó petrificado al oír aquellas palabras. Solo acertó a decir:

–Pero yo no... He visto con mis propios ojos como Balázs…

–¡Mentira! –le interrumpió el conde–. Balázs no podía saber dónde estaba la caja de las piezas porque no se lo dijimos nunca.

–¿Qué? –respondió Dieter–. Me dijísteis que…

–Te mentimos, Dieter. Lo hicimos porque yo sospechaba de ti. Mis dudas empezaron en cuanto advertí la amabilidad con que tratabas a Jacobo sabiendo que si su invento funcionaba iba a dar un bocado grande, muy grande, a lo que pensabas recibir como herencia. Conozco la medida de tu ambición, igual que creía conocer la medida de tu falta de escrúpulos… Y digo “creía” porque tu intento de acusar a alguien tan leal a esta casa como Balázs supera con mucho a la maldad que te suponía… Se lo comenté a Farinelli y construimos este plan. Te aseguro que desde que empezamos a desarrollarlo he estado pidiendo a Dios que fallara, pero desgraciadamente no ha sido así.

A Dieter se le cayeron los hombros como si lo hubieran herido, y lo invadió una desesperación tan intensa que la mirada, siempre altiva, se le llenó de algo sombrío. Miró al conde y preguntó con voz temblorosa:

–¿Y qué vas a hacer conmigo, tío Férenc? ¿Me vas a denunciar a la policía?

Fue hábil Dieter al invocar el parentesco, porque el conde pareció suavizar su gesto por un segundo. Lo volvió a mirar y respondió:

–No… Aunque no por ti, sino por tu madre. Bastante sufrió ya con el imbécil de su marido, para que tenga que sufrir también por el bandido de su hijo. A ella la seguiremos atendiendo en todo lo que necesite, pero no a ti. Márchate de esta casa antes de que vuelva tu tía. Le diré que has tenido que marchar urgentemente a España a resolver un imprevisto, pero no se te ocurra pasar por nuestras oficinas de allí. Mañana mismo mandaré un telegrama para ordenar que si apareces te echen a patadas.

Dieter compuso el gesto de quien se siente abatido, pero le duró poco. Enseguida recobró el ánimo: se apretó el nudo de la corbata, olió la flor que llevaba prendida en la solapa, dio media vuelta y se marchó parsimoniosamente.

Nadie en la casa llegó nunca a conocer lo que había pasado con el sobrino del conde, solo notaron su ausencia; aunque los criados tampoco lo echaron de menos porque su trato era despótico y sus órdenes caprichosas.

Jacobo supo lo sucedido por boca de Farinelli. No podía creer que Dieter hubiera traicionado a su familia. Le resultaba todavía más inexplicable su vileza porque le había confesado que dependía económicamente de los condes.

Esa mañana Jacobo se levantó casi al amanecer con el fin de instalar y ajustar las piezas de la fuente en la que se iba a copiar la voz de la condesa, ya que quería tenerla preparada y dispuesta cuando llegara Farinelli.

Estaba terminando, cuando vio aparecer al conde, Farinelli y Giovanna.

–En un momento –dijo– estará dispuesta para iniciar el proceso de reproducción de la voz de la condesa.El proceso fue lento porque no se trataba solo de reproducir una melodía, sino de rememorar una voz humana.

Cuando Jacobo dio presión al agua, la fuente comenzó a sonar. Primero, a música sinfónica; después de muchos ajustes, a voz humana. Sin embargo, en nada se parecía a la de la condesa.

Jacobo no se desalentó y siguió en su empeño, afinando una y otra vez cada una de las minúsculas piezas del interior del ingenio. Una hora después, la voz fue adquiriendo el timbre, la tesitura y algunos de los matices de la voz de la condesa.

Casi al medio día la voz que sonaba era ya similar; un rato después, los criados pensaban que ya había vuelto su señora.

El conde empezó a reír de felicidad y a abrazar a Jacobo y a Farinelli. “Gracias, amigos, gracias”, decía compulsivamente.

Sin embargo, cuando advirtió que toda la servidumbre de la casa había acudido al jardín a curiosear aquel artilugio cuyo sonido recordaba portentosamente a la voz de la condesa, ordenó al mayordomo que convocara en el salón a los criados.

Una vez que el mayordomo le comunicó que ya estaban todos reunidos, el conde se dirigió a ellos:

–Quiero pediros un favor, que a la vez es una orden cuya infracción será considerada extremadamente grave: mi amigo ha creado este instrumento para cuando la condesa ya no esté con nosotros porque haya muerto. No tendremos su cuerpo, pero sí su voz. Cuando yo muera, dejaré escrito en mi testamento que la fuente sea destruida. Entretanto y hasta su muerte, la condesa debe ignorar que este objeto existe. Debemos de evitarle la pena de saber que estoy preparándome para soportar su ausencia.

Todo quedó sumido en un denso silencio. Al fin, el mayordomo dijo:

–Señor conde, hablo en nombre de todos los que en esta casa están a su servicio y al de la señora condesa. Puedo asegurarle que nadie hablará de lo que hemos visto y oído esta tarde. Si alguien lo hace, los demás tienen la obligación de contármelo a mí y seré yo, como jefe de la servidumbre, quien tome medidas.

Hizo una pausa, miró a todo el grupo de criados y exclamó con voz grave:

–Medidas que serán mucho más rigurosas que las que adoptaría el señor conde, cuya bondad todos conocéis.

Inclinó la cabeza ante el conde, que le dio vivamente las gracias. Después el grupo se fue dispersando y cada uno volvió a su quehacer.

Cuando la condesa llegó por la tarde y se interesó por la fuente, el conde adoptó un tono pesaroso:

–Desgraciadamente, querida, uno de los trabajadores de ese Ferretti ha sido poco cuidadoso en su trabajo y una de las abrazaderas no se ajusta del todo al contorno del artefacto, por lo que el agua se escapa por la unión. Ya se le ha escrito una carta para que vuelva en cuanto pueda a Hungría; entretanto, nos tendremos que conformar con la de la entrada.

Durante la cena Jacobo comunicó a los condes que, como ya había cumplido con el encargo, se marcharían al día siguiente. A la condesa se le llenó la cara de una luz triste y dijo:

–¿No podíais quedaros unos días más? Habéis traído ilusión y alegría a nuestras vidas y me apena que esta felicidad acabe tan pronto.

Farinelli miró el faisán trufado que en ese momento le servían, apuró el exquisito vino de la bodega del conde y contestó:

–Giovanna, Jacobo, puesto que nuestros anfitriones nos lo piden debemos aceptar su propuesta y quedarnos tres o cuatro días.

Cuando vio que el criado rellenaba otra vez su copa, continuó:

–O una semana, que tampoco hay prisa.

A la mañana siguiente Jacobo recibió en su habitación un recado del conde. Le rogaba que después de desayunar acudiera a la biblioteca, donde lo esperaba.

No quiso demorar el encuentro y se dirigió enseguida a la magnífica habitación redonda, atestada de libros de suelo a techo.

–Buenos días, conde.

El conde estaba sentado en un sillón, junto a la ventana, leyendo.

–Gracias por venir tan pronto. Haz el favor de sentarte, Jacobo.

Lo hizo en el sillón de enfrente. El conde cerró el libro que tenía sobre las rodillas y dijo:

–Supongo que sabrás que le dije a Farinelli que estaba dispuesto a pagar más de seiscientas mil coronas austriacas a quien fuera capaz de idear un medio que me permitiera disfrutar de algo vivo de mi esposa cuando ella muera.

–Sí, conde. Así me lo dijo Farinelli –respondió Jacobo, pensando que seguramente aquel hombre había recapacitado y comprendido que entregar esa desorbitada suma por unos tubos de aluminio resultaba excesivo… También a él se lo parecía–.

–En cualquier caso –siguió Jacobo-, jamás aceptaría esa fortuna por mis servicios y mi invento, sino que…

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