Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 42)

Fotografía de un bar a finales del siglo XIX. Fotografía de un bar a finales del siglo XIX.

Fotografía de un bar a finales del siglo XIX.

Jacobo lo miró. No podía negar que era hijo del conde de Henestrosa. Como su padre, era bajito y gordo, y de nariz ganchuda. Lo que más atrajo sin embargo su atención fue la boca, coronada por un bigotito arbitrario. De tan pequeña, era, más que boca, hocico. Jacobo se preguntó si sería hocico de ratón o de tigre. El lado derecho de su cara parecía algo contraído, como si tuviera permanentemente un punto de dolor en el hígado, al que, por los ojos glaucos, como el vino de la bota de los turbios, y las venillas de su cara –no rojas sino más bien del color del amontillado–, seguro que hacía trabajar a destajo en un continuo afán por metabolizar alcohol.

Se dice que los hijos beben de lo que sus padres atesoran. En el caso del hijo del conde –quien, como se dijo, parecía un barril andante del tipo botina perulera– era rigurosamente cierto. “¿Y este es al que quieren casar con Mencía?”, se preguntó.

–Esta misma conversación la he tenido ya con su padre y creo que todo quedó aclarado –respondió Jacobo–.

–Ya sé que has llegado aquí con ínfulas de marqués rico. Que sepas que no tendrás trato ni con marqueses ni con ricos.

Contestó Jacobo:

–¿Quién le ha dicho que yo busco el trato de marqueses y ricos? Usted no me conoce de nada.

En ese momento aparecieron sus padres y Jacobo se levantó a saludarlos.

–Papá, mamá. Vamos a almorzar.

Se oyó decir al hijo del conde, dirigiéndose a los de la barra:

–Vaya timo de marqués. Esos catetos son sus padres. Si es marqués, será Marqués de la Cochiquera.Soltó una carcajada. Uno de sus amigos, de piel casi traslúcida de tan clara y melenita insulsa, se acercó a él y le echó, muerto de risa, el brazo sobre el hombro. El otro y el camarero reían la gracia en el mostrador.Jacobo separó de un empujón al rubito y le soltó un puñetazo al hijo del conde que le hizo volar hasta el mostrador. Medio atontado se levantó, sangrando por la boca. Hizo el amago de irse contra Jacobo, pero algo debió de ver en sus ojos que le hizo desistir. “Es boca de ratón”, concluyó Jacobo mientras se frotaba el puño dolorido.

Al girarse vio al director del hotel. Se dirigió a él:

–Quiero hablar con usted.

–Encantado de atenderle, señor marqués. Pasemos a mi despacho.

Le franqueó la puerta y pasó detrás.

–Le ruego –dijo Jacobo– que perdone este escándalo. Si he causado algún desperfecto cárguelo a mi cuenta.

–No se preocupe, señor marqués –respondió el director con una sonrisa–. He presenciado todo desde que usted llegó. Me imaginaba que algo iba a pasar… No desde luego el puñetazo que le ha dado, porque no creí que la insolencia de ese borrachuzo pudiese llegar a tanto. No se puede imaginar la alegría que he sentido al verlo sangrando por la boca y asustado. Con todo el mundo de aquí siempre va de bravucón, sabiendo que le temen, no por su fuerza, sino por el poder de su padre… Y en cuanto a esa chulería de que nadie va a querer trato con usted, le aseguro que en cuanto se sepa lo que ha pasado –que se va a saber enseguida porque esto es un pueblo– tendrá una cola de aristócratas, agricultores y bodegueros para ofrecerle sus casas. El conde ha arruinado a muchos… ¡La de gente que hubiera dado lo que fuera por darle ese puñetazo a Pepito Etiqueta!

–¿Cómo llaman a ese cretino, Pepito Etiqueta? –preguntó Jacobo sonriendo–.

–Sí, porque se pasa la vida –y el director sonrió ampliamente– pegado a una botella.

Jacobo soltó una carcajada y se despidió de él estrechándole la mano.

“Seguro que hasta la condesa Darankházy habría aprobado el puñetazo”, se dijo.

Oyó entonces la voz del director dirigiéndose al recepcionista:

–Dile al camarero que pase por mi despacho. Ya mismo está en la calle. Si quiere ejercer de pelota o de bufón de Pepito Etiqueta que le pague él por sus servicios, no nosotros.

Los días siguientes los pasó Jacobo comprando los muebles y enseres necesarios para la casa nueva. El contratista de las obras lo buscó ‘El Tabardillo’ (“Aquí, Pepín”, dijo al presentárselo). Pronto comprobó que era tan formal como él: le aseguró que en un mes ocuparía la casa y así fue.

También se había dedicado a escribir cartas a la condesa Darankházy, a Enrico de Peruggia y Rinaldi, a Farinelli y a Giovanna.

No sabía si era la nostalgia, que lo embellece todo, pero lo cierto es que tenía un hermoso recuerdo de ella. Por las noches, antes de dormirse, dirigía su pensamiento a Mencía, pero no pocas veces su imagen se convertía de pronto en la de Giovanna, desnuda y húmeda entre las sábanas. Ningún esfuerzo hacía entonces por borrarla, sino que la cabeza se le llenaba de recuerdos y una ola de deseo lo zarandeaba.Una mañana, al llegar al hotel, le dijeron que don Rafael había preguntado por él y, al no encontrarle, había dejado una nota. Abrió el sobre y leyó la tarjeta: le rogaba que, si le era posible, pasase por su despacho a las seis.

Justo a la hora señalada estaba Jacobo en el bufete. El secretario del abogado lo hizo pasar.

Don Rafael se levantó.

–Gracias por venir –dijo tendiéndole la mano–. Tengo que darle noticia de mis gestiones.

–Cuénteme.

Don Rafael abrió una carpeta que tenía en su mesa.

–He llegado a un acuerdo con el banco para que le ceda a usted todos los créditos que ostenta contra el marqués. Aunque lo mejor de todo es que el director nos está profundamente agradecido, porque llevaba tiempo temiendo que le hicieran responsable de sus impagos. “Usted sabe cómo son los consejeros de los bancos –me decía–. Ellos dieron el visto bueno de los préstamos, pero el que firmó las escrituras fui yo. Al final, si la cosa sale mal, cada uno mirará al otro y todos dirán: la culpa es de quien firmó”.

–¿Y cuánto me va a costar que el director duerma tranquilamente por las noches? –preguntó Jacobo con una sonrisa–.

–Mucho menos de lo que yo mismo imaginaba. Le hice una oferta por el cuarenta por ciento del importe de los créditos, diciéndole que ese era el valor real de los bienes; que, además, cambiaban un cliente insolvente por otro muy rico; y, sobre todo, que recibían el pago al contado. El director reconoció la sobrevaloración de los bienes, pero se negaba a aceptar una oferta por menos del setenta por ciento de la cantidad que habían prestado al marqués… El caso es que, después de dos horas de regateo, estuvieron de acuerdo en cedernos los créditos por el cincuenta y cinco por ciento de su importe. Una ganga, don Jacobo. En realidad, los bienes valen lo que ellos pedían al principio.

–Enhorabuena –respondió Jacobo–. Ha hecho un trabajo excelente.

–No he terminado aún. Una vez que el banco nos otorgó la escritura de cesión de los créditos del marqués, presentamos una demanda y hemos embargado las marcas. En cuanto usted dé la orden, ejecutaremos todo y será dueño de la bodega con todos sus activos materiales e inmateriales.

Jacobo se quedó pensando. Al fin dijo:

–Antes de eso quiero mantener una reunión con el marqués para llegar a un acuerdo de compra. Me gustaría que usted me acompañara.

–Me parece un plan inteligente. Ahora mismo escribiré a su abogado para proponerle la reunión.Jacobo se levantó:

–Muchas gracias, don Rafael. Como le he dicho antes, ha cumplido usted admirablemente con su trabajo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios