Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 58)

Fuente del vino en la bodega Labiano, en Mendoza (Argentina). Fuente del vino en la bodega Labiano, en Mendoza (Argentina).

Fuente del vino en la bodega Labiano, en Mendoza (Argentina).

La noche de la boda de Mencía se le pasó a Jacobo sumido en aquellos tortuosos pensamientos: imaginarla manoseada por su marido lo llenaba de una tristeza de rosal en otoño. Solo fue capaz de dormir cuando le venció el cansancio.

Ya por la mañana, mientras desayunaba, Jacobo recibió el aviso de don Rafael de que al día siguiente se firmaría la escritura de compraventa de las fincas y la bodega del marqués.

A la hora señalada compareció en la notaría de don Antonio, con quien mantenía una profunda amistad cimentada en su ayuda cuando el juicio. Allí estaba ya su abogado y don Gumersindo, el del marqués, que no había querido formalizar personalmente la escritura de compraventa y le había otorgado poder.

Inmediatamente después de la compra, Jacobo se presentó en los escritorios de la bodega y rechazó usar el despacho del marqués, a pesar de que era el mejor situado y el más lujosamente decorado. Decidió que fuera ocupado por don Gervasio, reservándose él el que ocupó Mencía.

Durante los primeros meses todo fue un trajín constante. Don Gervasio le iba instruyendo de todo sobre el negocio del brandy y él se convirtió en un alumno aprovechado.

Entretanto, se había propuesto convertir la fuente del jardín de la bodega en un instrumento musical.

Llevaba tiempo imaginando cómo sonaría una fuente que, en lugar de derramar agua por sus chorros, vertiera brandy. Estaba convencido de que la viscosidad, la concentración de alcohol en las holandas y la oxigenación del líquido producirían resonancias distintas de las del agua.

Preparó planos del anillo de aluminio y de las piezas y los envió a Ferretti, que tardó apenas un mes en tenerlo todo fabricado. Entretanto, siguiendo sus indicaciones, se construyó el estanque que contendría el brandy, forrándolo de madera de roble americano. Los conductos hasta la taza los hicieron de cobre.Llegó por fin el ingenio a la bodega y todos los trabajadores miraban asombrados aquel anillo que brillaba como la plata y que, según se decía, valía más. Los operarios fueron llenando el estanque de brandy.

El día fijado para la prueba de la fuente, Jacobo invitó a sus padres y a unos pocos amigos. Allí estaban, además de arrumbadores y toneleros curiosos, sus padres, don Rafael, el notario, el director del hotel y hasta ‘El Tabardillo’, que protestaba:

–El brandy es una cosa muy seria, don Jacobo, y a mí me parece que este cacharro plateado que usted se ha inventado, bonito es, desde luego, pero me da a mí que es como si estuviera usted –y perdone la palabra– divirtiéndose de él… Una fuente que, en vez de agua, echa brandy. ¡Las cosas que hay que ver!

Riéndose de las palabras de ‘El Tabardillo’, Jacobo hizo los acoples necesarios y dio salida al líquido accionando la válvula. Cuando el brandy brotó por los orificios del ingenio, comenzó a afinar la fuente para interpretar el preludio número 15 de Chopin. El patio se llenó de música, que se esparcía por el interior de los cascos de bodega.

Todos –los que estaban fuera y los arrumbadores que trabajaban dentro de la bodega– oían maravillados aquel prodigio. Una vez que hubo terminado Jacobo, se oyó un estruendoso aplauso. ‘El Tabardillo’ se dirigió a la fuente, que seguía derramando líquido por los orificios del anillo, y dijo:

–Con el permiso de usted, don Jacobo, voy a coger unos buchitos, en desagravio de lo que se ha hecho hoy aquí con el brandy.

Recogió con sus manos entrelazadas el líquido y se lo llevó a la boca.

–¡Pero, señores, esto es un milagro que ni las bodas de Caná! Prueben, prueben ustedes este brandy y digan si han tomado otro igual en su vida.

Era tal su entusiasmo que don Gervasio pidió a uno de los arrumbadores que estaban allí que trajera copas para todos.

Efectivamente, mirando el líquido al trasluz se le veía de un color distinto: de oro viejo, solo que más limpio. Al olerlo, emanaba de la copa una lenta espiral de caoba, punzante y seca. Cuando lo probaron, todos sintieron en la boca una mixtura de cereal y roble.

Don Rafael dijo:

–Será raro, pero, aunque el depósito es de roble, a mí este brandy me sabe y me huele a savia.

Don Gervasio asintió diciendo:

–Nunca he probado un brandy tan diferente ni tan rico en matices como este. No sé si será la humedad del estanque; la velocidad con la que corre el líquido por los conductos de cobre; la presión que sufre dentro del anillo de aluminio o el modo con el que toma contacto con el aire, pulsado por unos dedos, pero lo cierto es que el sabor de este brandy es infinitamente mejor que cualquier otro de los que yo conozco. Además, cualquier experto dirá que posee las cinco “efes” de la Escuela de Medicina de Salerno para que un vino se considere excelente: fortia, formosa, fragantia, frígida et frisca. Aunque este, además, va a tener sin duda una efe más: fama. La semana que viene convocaré una reunión de todos nuestros distribuidores y haremos de este brandy el más conocido del mundo… Ahora solo nos queda ponerle un nombre.

–Brandy Tabardillo –dijo Jacobo.

–Sí, hombre –respondió ‘El Tabardillo’. No hay brandy que no tenga nombre de duque, marqués, conde o barón, y este que le da cien vueltas a los demás se llama con un mote. De eso nada.

Jacobo se rio y respondió:

–Tiene razón, Juan. Nuestro brandy debe parecer más que los demás, porque es más que los demás. Lo llamaremos “Príncipe de Tabardillo”.

‘El Tabardillo’ se quedó un momento meditando y contestó muy serio:

-¿No ve usted? Por ahí andamos ya por buen camino.

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