Tribuna Libre

Joaquín Rábago

Alemania celebra el centenario de su artista más polémico

Joseph Beuys.

Joseph Beuys.

Cien años habría cumplido este año Joseph Beuys, el artista alemán más famoso y sin duda el más influyente de la segunda mitad del siglo pasado, pero a la vez el más polémico.

El museo de arte de Renania del Norte Westfalia, en Düsseldorf, ciudad de cuya academia fue profesor en los años sesenta, dedica una exposición a su obra, difícilmente clasificable.

Beuys siempre supo llamar la atención sobre su persona, encerrándose, por ejemplo, durante tres días con un coyote vivo en una galería neoyorquina o paseando, abrazado a una liebre muerta y el rostro pintado de oro, por otra galería.

Es legendaria, por excéntrica, su singular forma de vestir: siempre con un sombrero – así le retrató, por ejemplo, Andy Warhol-, y un chaleco típico de pescador.

Beuys embelleció un famoso incidente de su biografía al explicar que le habían salvado unos tártaros después de que se estrellase en Rusia el avión de combate del que era radiotelegrafista y no piloto, como él había afirmado.

Los tártaros habían envuelto, según él, su cuerpo en una capa de sebo y lo habían cubierto luego con varias mantas de fieltro, materiales ambos que iba a utilizar luego, junto a un trineo, en alguna de sus obras.

Su versión ha quedado mientras tanto desmentida; no fueron tártaros quienes le salvaron, sino que Beuys fue tratado de sus heridas en un hospital militar ruso.

Beuys fue uno de los fundadores en 1979 del partido alemán de los Verdes, y muchos le consideran precursor de las actuales corrientes ecologistas.

Una de sus acciones más famosas fue cuando en la ciudad de Kassel, donde se celebran la exposición quinquenal de arte contemporáneo conocida como Documenta, realizó en 1982 una intervención consistente en la plantación de 7.000 árboles.

Para algunos, sus continuas excentricidades y su compromiso con el ecologismo ocultaban en el fondo un pensamiento conservador, teñido de esoterismo.

Su “weltanschauung”, es decir, su ideología o visión del mundo, hunde sus raíces en el pensamiento de otro esotérico, el filósofo y reformador social austriaco Rudolf Steiner, fundador de la antroposofía, en la que se ha querido ver, con razón o sin ella, una mezcla de racismo y ocultismo.

Para su biógrafo Hans-Peter Riegel, Beuys fue en cierto modo un precursor de los “Querdenker” (pensadores transversales), actual movimiento de protesta de gente que cree que la pandemia es fruto de una conspiración para someter a los ciudadanos.

Se trata de un movimiento en el que militan sobre todo ultraderechistas, pero en el que también puede uno encontrar a inconformistas y radicales de izquierdas, todos los cuales se niegan a llevar mascarilla en sus manifestaciones contra el Gobierno de Berlín.

En la última etapa de su vida, Beuys puso en tela de juicio la democracia representativa, denunció la “burocracia partidista” y el “centralismo estatal” y abogó por la “democracia directa”.

El historiador del arte Philip Ursprung autor de otra biografía de Beuys que verá la luz próximamente no cree, sin embargo, que pueda situarse a Beuys en la extrema derecha como pretenden algunos.

En declaraciones al semanario Der Spiegel, Ursprung afirma que Beuys se convirtió en otra persona cuando en los años cincuenta se ocupó del Holocausto.

A finales de esa década, el artista participó en un concurso internacional para un monumento sobre el genocidio nazi del pueblo judío aunque no ganó.

Su proyecto: detrás de un cristal podían verse varios contenedores; en uno yacía el cadáver de una rata. Había también bloques de filtro sobre unas placas de cocina, unas bombillas, el dibujo de una mujer demacrada y una foto del campo de exterminio de Auschwitz.

En 1985, poco antes de morir, Beuys pronunció en un teatro de Múnich un discurso sobre Alemania en el que habló del “genio alemán” y se preguntó por la tarea que compete al pueblo alemán llevar a cabo en el mundo.

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