La ciudad y los días
Carlos Colón
Sobre el analfabetismo religioso
En la última semana del difunto 2025 me llamaron la atención dos titulares: “Crece el analfabetismo religioso” y “La idea del cristianismo como única verdad quedó obsoleta: bienvenidos a la posreligión”. El primero sintetiza e interpreta el resultado de una encuesta y el segundo es una opinión sumada a muchas otras que, tras los boom del disco de Rosalía o la película Los domingos, andan dándole vueltas –más en el sentido del mulo con orejeras que da vueltas a la rueda del molino que en el de pensar sobre un tema de forma constante– a un supuesto resurgir del fenómeno religioso. Rueda de molino a la que no pocos católicos se uncen con influencers, Tik Tok, la Fiesta de la Resurrección en Cibeles, los curas DJ o las canciones de Hakuna con Ayuso y Feijóo bailando al ritmo del llamado pop cristiano.
Sobre la posreligión y las nuevas formas de presunta evangelización poco tengo que decir, ya se trate de la difusa espiritualidad consumista y Spa o de los fenómenos influencer-pop neocatólicos. Midan la distancia que media entre este ruido y lo que desde San Juan de la Cruz a Thomas Merton se ha escrito sobre el silencio como fuente de Dios o entre el gregoriano, Victoria, Bach, Mozart, Bruckner y Messiaen –por citar uno por cada siglo– y estas cancioncillas, y saquen conclusiones.
Sobre el creciente analfabetismo religioso habría mucho que decir. Empezando por la forma en que afecta a muchos creyentes y siguiendo por la catástrofe cultural que supone para todos. Porque el grueso de la cultura occidental se vuelve hermética para quienes no tengan una cierta cultura religiosa. Me refiero a todos, no solo a los creyentes. Una importante parte de la cultura europea es indescifrable si no se conoce el paganismo grecorromano. Y su mayor parte lo es si se desconoce el legado judeocristiano.
La cultura europea y sus valores, como escribió George Steiner en Nostalgia del absoluto (Siruela), se hacen así herméticas, ajenas, extrañas: “Este desecamiento (…) dejó un inmenso vacío... La descomposición de una doctrina cristiana globalizadora había dejado en desorden, o sencillamente había dejado en blanco, las percepciones esenciales de la justicia social, del sentido de la historia humana, del lugar del conocimiento en nuestra conducta moral”.
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