Manual de disidencia
Ignacio Martínez
Tenemos que hablar
El viejo trampolín del Club Nazaret es una perfecta encarnación de todo lo prohibido. Lo miro y pienso que no debe haber en la ciudad ninguna prohibición más imponente y absoluta que esos diez o doce metros macizos de cemento –quizás más, no sé– levantándose desafiantes sobre el suelo de su pequeña patria. Está ahí, lo ves clausurado, envuelto en una gran malla azul que hace de cota impenetrable, amputado de escaleras y escalerillas, rezumando un peligro latente, como si los rusos una noche furtiva nos hubiesen dejado plantado al pie de la piscina el reactor nuclear número cuatro de Chernóbil.
La antigua torre vigía resiste impertérrita, aunque todos allí saben que añora tiempos mejores, los de las competiciones de salto, cuando era la mayor atracción nunca vista en el Club, cuando las familias corrían en días especiales para encaramarse a sus alturas como quien asalta una fortaleza, cuando era olímpico ese trampolín y convertía a los niños en pájaros, cuando para cualquiera de nosotros no había cimas imposibles ni ayeres ni miedo a los mañanas. No era mucho, era demasiado. Un torreón que se empinaba hasta rascar el cielo, demasiado esbelto; un foso casi abisal en la piscina, demasiada hondura. En un giro que pronosticaba todo aquello que nos aguardaría a la vuelta de la esquina de los tiempos, la decisión fue eliminar el peligro (que haberlo lo había) y recortar profundidad y altura. Esto último se estableció después como un modelo que hemos seguido alegremente, con admirable fidelidad y entrega, en campos como la política, la educación y el pensamiento.
Ahora el trampolín se encuentra, como diría Sabina, donde habita el olvido, pero sigue escuchando risas a su alrededor, muchas, y de vez en cuando todavía le salpica la alegría de un chapuzón por su alrededores. Ahora que casi todo lo que perseguimos dura menos de un minuto, el Nazaret está a punto de cumplir sesenta años –lo hará en 2027– y sigue siendo aquel refugio que impulsaron Antonio Mateos, Monseñor Cirarda y la recordada Caja de Ahorros de Jerez. Sigue siendo una institución, una meca para el deporte, un paisaje donde casi se puede detener el tiempo, un recreo infinito; allí donde nuestras hijas e hijos juegan como lo que son y no necesitan pantallas ni algoritmos de colores para dibujar los días, ni siquiera necesitan ya aquel trampolín nuestro para volar. El Club es quizá de las pocas plazas donde los niños todavía, a pesar de todo y de todos, pueden seguir siendo pájaros, como nosotros lo fuimos.
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