Marco Antonio Velo
Jerez: Pepe Andrades, in memoriam (II)
Hace tiempo, en algún libro leí que el presente que vivimos lo es en razón al pasado que tuvimos, y el futuro que nos aguarda lo será en base al hoy en el que existimos. Y pienso que, en parte, puede ser cierto.
En muchas ocasiones he escrito, porque lo creo así, que no debiéramos consentir que lo acontecido ayer determine el hoy, y también que no tendríamos que vivir el momento en el que existimos con miras a un mañana que, tal vez, nunca llegue, o si lo hace -llegar-, puede ser que no lo haga del modo en el que habíamos pensado, o si éste coincidiese, no sería cuándo tuviéramos pensado que ocurriese.
Después de dar algunas vueltas, mentales, a la posible aporía que parecen establecer los dos postulados que les acabo de compartir, ceo que la presunta paradoja no es tal, y también pienso que en lugar de verme obligado a decidirme por uno u otro, más bien estoy de acuerdo con ambos. Voy a intentar explicarme.
Verán, que el pasado nos afecta es una realidad, creo que indiscutible. Qué, cómo imperfectos humanos que somos, nos resulta, si no imposible, al menos muy difícil dejar de pensar en lo que pueda suceder mañana, o pasado mañana, o el mes o el año por venir, opino que también es una irrefutable certeza. No obstante, la presumible contradicción no está en aceptar estas dos premisas y al mismo tiempo asumir lo que en el segundo de los párrafos de este artículo afirmábamos, pues hay una ineluctable realidad que no sólo las hace compatibles, es que, en razón de ella, resulta obligado admitir ambas. La fórmula responsable de que ello pueda ser así tiene un nombre que la distingue y califica: coherencia.
En efecto. Si D. José Ortega dijo: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, nosotros, teniendo muy claras las abismales distancias, y con toda humidad, diremos: “yo soy yo y la consecuencia, lo quiera o no”. Y es esta, la ineludible coherencia que inevitablemente conllevan las consecuencias de todo lo que hacemos o dejamos de hacer, la que hace factible conjugar, sin que el encontronazo sea demoledor, que el pasado nos afecte, aunque no deba hacerlo en demasía porque ya no lo podemos cambiar, y que el futuro nos inquiete no más de lo saludable, a pesar de que nunca lo podamos asegurar.
No en su totalidad pero si en parte fundamental nuestro hoy es consecuencia de lo que ayer hicimos y no hicimos; y, sin duda, lo que nos ocurra mañana tendrá mucho que ver, no todo pero sí mucho, con lo que hagamos o no hagamos hoy. Y es que la vida siempre es coherente… pero, ¡atención!: coherente no con nosotros ni con nuestras vidas, si no con ella misma, con lo que ella dispone que, en la mayor parte de las ocasiones, poco, o nada, tiene que ver con lo que nosotros disponemos o pensamos en disponer.
Es claro, para nosotros lo es, que debemos ser conscientes de que el agua ya pasada no es la que mueve el molino de nuestro existir; y resulta evidente, así lo contemplamos, que no podemos definir, no con certeza, lo que nos vaya a acontecer mañana. No obstante debiéramos tener presente que, por y a causa de la coherencia que, lo queramos o no, la vida sostiene para consigo misma, gran parte de lo que nos sucede en el presente que vivimos es consecuencia directa de lo que decidimos, o no decidimos, en el pasado, y mucho de lo que acontecerá mañana tendrá su causa y origen en lo que resolvamos llevar, o no, hoy a la práctica.
Es muy probable que, por triste y muy común desgracia, los humanos no seamos consecuentes con lo que pensamos ni mucho menos con lo que somos; y es la deplorable realidad que dobleguemos la coherencia de nuestra actitud a la conveniencia del interés que nos mueve; pero ni una cosa nos regala la esperanza de aguardar que la vida no sea consecuente con lo que ella es, ni la otra nos confiere el derecho a exigirle que olvide la coherencia que nosotros tenemos por odioso vicio ignorar.
También te puede interesar
Marco Antonio Velo
Jerez: Pepe Andrades, in memoriam (II)
Tierra de nadie
Alberto Nuñez Seoane
Yo y la consecuencia
Crónica personal
Pilar Cernuda
Otra inmoralidad
Quousque tandem
Luis Chacón
La rebelión de los tristes
Lo último