Jerez: Pepe Andrades, in memoriam (II)

Pepe Andrades encendiendo la cera de la candelería del paso de María Santísima de la Esperanza.
Pepe Andrades encendiendo la cera de la candelería del paso de María Santísima de la Esperanza.

02 de febrero 2026 - 06:06

Pepe Andrades, remangado, la columna vertebral en posición curvilínea, los brazos sueltos, sacando a rastras por la puerta de acceso al convento franciscano -en calle Corredera- enormes bolsas negras de basura, y así ahorrarle esta faena cuasi diaria a Manolito Guerrero Ramos (otro santo risueño, ojos saltones, timbre de voz en re menor y excedentes de cortesía para con todos: un hecho diferencial en sí mismo, seña del Casino Jerezano y paradigma de fraternidad cuya existencia -¿estoy en lo cierto Antonio Guerrero Gamboa?- atendía -desde su domicilio de la Barriada España a la calle Larga y de la calle Larga a la Plaza Esteve, siempre por el itinerario más corto de entre los posibles- a la celebérrima máxima de Teresa de Calcuta: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”). Manolito se deshacía en agradecimientos hacia Pepe, a quien siempre consideró -por derecho y méritos propios- su natural sucesor (a propósito de este particular sucesorio abundaremos más adelante). Pepe Andrades puntual a la cita en aras de entregar -Casa de Hermandad adentro- los números de los turnos de riguroso orden de llegada de los hermanos durante las jornadas de reparto de cédulas de sitio. Pepe Andrades abriendo, desde el edificante silencio interior, las puertas de San Francisco a la hora señalada para la salida de la cofradía cada Madrugada de Viernes Santo. Pepe Andrades ubicado de acerero a la altura de la Cruz de Guía, presto a las indicaciones de otros enlaces, de autoridades externas o de la diputación mayor de gobierno. ¿Refrendas esta aseveración, Antonio Ballesteros Marra-López?

Pepe Andrades, de complexión delgada, pómulos marcados, manos anchas, las camisas a cuadros de manga corta, el pantalón vaquero de correa bicolor o tricolor ajustada y jamás apretada, los zapatones negros de cordones… Pepe Andrades, para relatar el costalazo de Fulanito de tal, jamás decía ‘aparatosa caída’ ni siquiera batacazo; Pepe Andrades aludía al “menudo cebollazo”. Pepe Andrades añadiendo la coletilla -y no muletilla- “¿Tú me entiendes?” al término de sus explicaciones. Pepe Andrades merendando contigo café y churros. Pepe Andrades de rostro demudado, cariacontecido, sereno y pálido, velando el cadáver de su esposa y medalla de oro de las Cinco Llagas María de los Ángeles López Zamudio, aquella mujer de risa horizontal que en la feria de 1989 -primer año de montaje de la caseta ‘Las Cinco Rosas’- adaptó, junto a Cari Ponce y Mari Villar, la letra de la famosa sevillana de Romero San Juan que los cofrades de las Llagas artífices de aquella hazaña ferial entonces cantábamos en la versión de “Qué poderío, qué poderío, qué poderío, tienen que tienen, tienen los hermanos de San Francisco… ¡ye, ye, ye, ye!”. Mari y Pepe eludiendo por lo común el triste episodio del precoz fallecimiento del niño fruto del matrimonio (quiso Andrades, al enviudar, que su hijo y esposa compartieran nicho y lápida).

Pepe Andrades no faltando jamás a la septembrina cita portuense con el aniversario del padre Pedro Guerrero González. ¿Digo verdad, Genaro Benítez Gil? Pepe Andrades y su infancia rondando las calles Conocedores, Clavel, Pajarete… Pepe Andrades dando el do de pecho en la conversación y el respaldo al grupo de los nueve hermanos que fundaron la Hermandad del Resucitado. Pepe, loco de contento cada vez que Dios te bendecía con el milagro del nacimiento de un hijo. Pepe y sus lacónicos y entrañables mensajes de WhatsApp. Siguiente pregunta que elevo a la consideración de los cuatro hermanos elegidos al efecto: ¿Cómo lo definiríais en el aspecto personal? Jorge Pérez: “Yo siempre lo he considerado como una bellísima persona. Siempre ha estado para lo que hiciera falta. Si le pedías un favor, al instante se prestaba. Pepe además ha contado con una característica física muy suya: tanto su cara como su expresión pueden definirse como enternecedoras. Persona afable, cercana”.

Chari Lupión: “Me has escuchado decir mil veces ‘mi Pepe’. Es (porque sigue siendo, aunque no esté físicamente) mi amigo, mi maestro, sencillo, humilde, sabía estar sin aparecer, no le gustaban las fotos, ni las medallas. Dispuesto a echar una mano a quien fuera, tímido, leal, comprometido. Una vez estábamos en la Hermandad, creo que sellando lotería, yo estaba fumando, mi madre no lo sabía, pero entró ella por la puerta y al instante le pasé mi cigarro a Pepe. Lo hice rápidamente, y con disimulo, sin darme cuenta de que ya tenía uno en el cenicero. Mi madre lo miró con cara de “se le ha ido la olla" y va él, muy tranquilo, y dice “ya decía yo que había encendido uno, tanto sello y tanto contar talonarios me tienen loco”. Y siguió sellando como si nada. Era capaz de cualquier cosa por guardar un secreto”. Diego Parra: “Pepe era fácil de definir. Amable, sincero, respetuoso, cariñoso, servicial, atento, bondadoso, empatía con todos, etcétera. Todo aquello que se puede definir como carisma franciscano, eso es la definición de Pepe Andrades, franciscano hasta el final de sus días”. Isidoro García: “Hombre de Iglesia y de hermandad, comprometido con la misma. De alma grande y bondadosa. Nunca quiso ningún tipo de protagonismo. Yo dejé un tiempo la hermandad y él, con sus visitas constantes a mi trabajo, me convenció para que volviera a la misma. Pepe Andrades fue una persona buena”.

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