Tribuna Libre

José Manuel Bajo Arenas

Catedrático de Obstetricia y Ginecología de la Universidad Autónoma de Madrid

La faceta más desconocida de un santo, Don Enrique Hernández

Con harto pesar y duelo recibo la noticia del fallecimiento de Don Enrique Hernández y Rodríguez de los Ríos, para nosotros siempre Don Enrique. Sin poder evitarlo se agolpan los recuerdos en la mente y más allá de su paso por la Cartuja y por el Seminario de Pilas, su excelente labor de profesorado en los marianistas y el buen hacer en el rectorado de la Iglesia de San Juan de los Caballeros, por todos bien conocidas, inexorablemente se me viene a la memoria una pasión que nos inculcó, mucho menos conocida de él: la del fútbol y, concretamente, del equipo que amamos y defendimos hasta la última gota de sudor. Nosotros en el campo, él en el banquillo de entrenador: La Unión Deportiva El Pilar.

Nos dirigió como infantiles primero, siendo campeones provinciales los años 1965,1966 y 1967. Jugamos la final de España contra el todopoderoso Real Madrid, que nos ganó en Sevilla l, en la prórroga, por uno a cero.

Tanto se identificó con nosotros que cuando pasamos a juveniles, él también decidió transmutarse y emulando la adolescencia metamorfoseada por la juventud nuestra, pasó a entrenarnos en la categoría superior.

Hombre de rigor cartesiano, con una mente ordenada lo aplicaba también al mundo del fútbol. Nos mandaba unas convocatorias en papel dignas de enmarcarse, en las que ponía alineación, demarcación en la que habrías de jugar, hora del partido, estadio al que acudir y medio de transporte. Las equipaciones siempre pulcras y ordenadas. Nunca le oí ni un grito ni un aspaviento ni una mala cara. Jugad como sabéis, sois los mejores.

Y nosotros jugábamos en los destartalados campos de la antigua Santa Fe, con la técnica innata los que la poseían y con la furia desatada del escudo del Pilar bordado en el corazón, los que teníamos menos pericia. La mayoría de las veces ganábamos, eso era todo, bajo el privilegio de tenerlo como jefe de filas.

Luego con una caligrafía minuciosa, digna de un escribano medieval de la plaza de La Asunción, escribía los comentarios de los partidos y dibujaba caricaturas preciosistas de los jugadores destacados, firmándolas como Ehache, volcando el arte que llevaba dentro, en murales que se exponían a la vista de todos los alumnos del colegio.

Si la España del siglo XIX tuvo un cronista excepcional en Benito Pérez Galdós, el equipo de Don Enrique lo tenía en Jerónimo Roldán, periodista pero también amigo, admirador del equipo y consejero de D. Enrique en los partidos “difíciles” en los que nos acompañaba, acomodándose a su lado.

Una anécdota que describe su carácter y bondad es la de la fonda de la calle San Eloy, en la Campana de Sevilla. Jugábamos los campeones provinciales infantiles las finales regionales y nos hospedábamos en una modesta pensión, dado que la federación no disponía de muchos recursos. Tras la euforia de una victoria contra otros campeones provinciales y en medio de la celebración, los jugadores manchamos el techo de una de las habitaciones con los licores bebidos y la sensatez perdida. Sin inmutarse, con una paciencia mineral, D. Enrique raspó escrupulosamente el techo con una cuchilla y reparó los daños como si fueran los lienzos centrales de la bóveda de cañón del Carmen que en su juventud doctamente realizó.

Digno es resaltar también que en algún partido en que no se presentó el árbitro, los equipos rivales admitían que fuera él mismo el director de la contienda, tal era su recto proceder.

Seguro que ya está en el cielo. Váyase Don Enrique al primoroso estadio que seguro allí existe, quizás no tan lujoso como el nuevo Bernabéu, pero que tiene como guardián su águila de San Juan de los Caballeros. Allí encontrará jugando a Rafa Delage y a “Pirulo”, José Ignacio García Paz, que se nos han adelantado en este viaje final que todo emprenderemos.

Me ha contado otro viejo conocido, Alfredo, sí Di Stefano, al que traté años atrás, en El Viso, cuando allí vivía, que ellos dos son los únicos capaces de pararle cuando inicia sus endiablados regates. Empiece con ellos a reorganizar el excelente equipo que conformó en El Pilar en el que ambos jugaban y espérenos a los demás que intentaremos hacer méritos para allí estar. Mientras tanto nos quedará el recuerdo entrañable de que un alma piadosa y buena como la suya también tenía pasiones terrenales: el fútbol.

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