Festival de Jerez: treinta años latiendo en el corazón del mundo

22 de febrero 2026 - 04:40

EL viernes 20 de febrero, volvió a abrirse el compás. Y no es un compás cualquiera. Es el de la trigésima edición del Festival de Jerez, que hasta el 7 de marzo convierte a la ciudad en capital mundial y de esto lo sabe bien la señora alcaldesa, María José García- Pelayo, que vino como primera autoridad a compartir con todos los amigos del Festival y su equipo de gobierno el arranque de esta inmensa conmemoración con jerez como centro neurálgico de la danza española y del flamenco. Treinta años no se celebran: se sostienen. Y este Festival los sostiene con arte, con rigor y con una identidad que no admite imitaciones.

Jerez no programa un festival. Jerez convoca al mundo

Cada temporada, las compañías más relevantes del panorama internacional pisan la ciudad como quien pisa tierra sagrada. Figuras consagradas, artistas imprescindibles, coreógrafos que escriben presente. El escenario del Teatro Villamarta se convierte en altar mayor; la Sala Blas Infante, la Sala Compañía, los Museos de la Atalaya y cada espacio programado laten con llenos absolutos. No es una frase hecha: es una realidad que se repite con una contundencia admirable.

Pero el Festival no vive solo de nombres ya inscritos en letras de oro. Y ahí radica una de sus mayores grandezas.

El Festival de Jerez no solo trae a las principales figuras del panorama de la danza y del flamenco —que siempre lo hace—, sino que actúa como verdadera lanzadera de consolidación. Artistas que llevan tiempo apuntando alto encuentran aquí el escenario definitivo. En Jerez se produce ese instante exacto en el que una promesa deja de serlo y se convierte en certeza. Ese aplauso que ya no es cortesía, sino reconocimiento. Ese estreno que ya no es riesgo, sino consagración.

Muchos nombres que hoy encabezan carteles internacionales vivieron en Jerez su punto de inflexión. El Festival apuesta, arriesga, confía. Y cuando confía, acierta. De esta manera, amplía la nómina de grandes figuras de la danza, del flamenco y de las artes escénicas, renovando el árbol sin arrancar las raíces. Tradición y futuro dándose la mano sin complejos.

Y si hablamos de corazón, hay que hablar de los cursillistas. Centenares de alumnos llegados de los cinco continentes que convierten las aulas en epicentro mundial del aprendizaje flamenco. Son el eje vertebrador del Festival. Ellos no vienen solo a aplaudir: vienen a formarse, a sudar compás, a llevarse Jerez tatuado en la memoria. Sin ellos, el Festival sería brillante; con ellos, es universal.

Las peñas flamencas, por su parte, siguen siendo el alma. El ciclo “Peña en Peña” no es un gesto simbólico, es una declaración de principios. El flamenco que nació en la cercanía mantiene su sitio en el gran escaparate internacional. Porque sin verdad no hay arte, y Jerez sabe mucho de verdad.

El impacto cultural es incuestionable, pero también lo es el económico, el turístico y el simbólico. Durante estas semanas la ciudad multiplica su actividad y proyecta una imagen de excelencia que traspasa fronteras. En un momento en que Jerez aspira a convertirse en Capital Europea de la Cultura, el Festival es su mejor carta de presentación. No como aspiración, sino como evidencia.

Por eso resulta fundamental que la primera autoridad municipal viva de primera mano lo que aquí sucede. Que sienta el pulso real de una ciudad que, durante estas semanas, no representa el flamenco: lo encarna. Implicarse no es un gesto protocolario; es comprender la dimensión estratégica de un acontecimiento que sitúa a Jerez en el mapa cultural del mundo con una claridad rotunda.

Treinta años después, la conclusión es directa: el Festival de Jerez no solo es referencia; es medida. Es el lugar donde se consagran los grandes y donde nacen los que lo serán. Jerez no solo programa, Jerez construye legado con todos los riesgos que conlleve.

Y cuando Jerez construye, el mundo toma nota y vaya usté condió.

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