Tralará

22 de febrero 2026 - 03:10

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas. Vox defiende a las mujeres. La extrema izquierda defiende los signos de sumisión femenina, símbolo de libertad. Rufián es un patriota, no un independentista. El jefe de la policía protege, no abusa. La economía va muy bien. El novio de Ayuso es un ciudadano ejemplar. El gobierno está siendo víctima de una campaña de desprestigio. A los sinvergüenzas nadie los ve venir. Los periódicos no hacen más que mentir. Claro, claro.

Este nuevo orden social tiene unos principios básicos de defensa. Nadie conoce a nadie. Un escándalo calla a otro escándalo. Y, sobre todo, se han cumplido los protocolos. Protocolos creados y establecidos no para evitar el daño y proteger a la víctima sino para cubrir las espaldas del malhechor. Todo se ha vuelto tan desquiciado que, cuando se descubren los fallos del sistema, la culpa la tiene siempre el protocolo, que no ha sido capaz de prever (en verdad quieren decir tapar) esos fallos. Un protocolo que se precie oculta en su aplicación que las cosas están mal hechas. Una laboriosa red que deja escapar al pez gordo y retiene al pequeño como muestra de su minuciosidad.

El protocolo genera la parálisis de cualquier actividad. Se diseñan por personas ajenas al sistema, charlatanes especializados en literatura vacua, especialistas en ser puntillosos de lo superfluo y ciegos en lo evidente. Los protocolos, lo estamos viendo, nunca evitan las barrabasadas, pero protegen al que las comete. Algo es algo.

A la hora de desarrollar cualquier actividad, los que intentan hacer bien las cosas, se encuentran atrapados en un hilo absurdo de indicaciones que no le permiten acometer su trabajo y al que se terminan sometiendo por no ser acusados de no cumplir el protocolo y saltarse las normas. Si cualquier ciudadano o profesional se cuestiona alguna regla de actuación rotundamente absurda, nos dirán en tono confidencial que es por protocolo. Todos, sumisos, rellenamos el papel como quien pide que le coloquen un monigote de inocente en la espalda.

Cuánto protocolo. De la masacre del tren a las violaciones, de los robos en los ministerios a la falta de control de los mandos policiales, de la violencia de género a la contratación pública. Protocolos que persiguen, no que los sistemas sean transparentes, sino que, los que los transgreden, cuenten con la más eficaz arma de defensa: cumplir el protocolo. Hasta las narices.

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