Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
UNA humilde alambrada la aísla de la "civilización". El arreglo del entorno de la ermita pasó de largo al llegar a ella. Detrás de la débil valla crece un frondoso matorral que ocupa el lugar en que antaño hubo una pila. Casi oculta, la noble construcción de piedra es, pese a su descuidado estado, un ejemplo característico del estilo manierista, con su cuerpo almohadillado y sus pirámides sobre esferas. Quien conozca la monumental portada exterior de la iglesia de Santo Domingo de Sanlúcar, obra de Cristóbal de Rojas, y se haya dejado embriagar por su solemne belleza podrá comprobar las estrechas similitudes con la fuente y, por tanto, la mano de un mismo tracista. Pero, ¿qué más da quién la diseñara? ¿Quién puede fijarse en ella entre tanta fealdad circundante? Ante la visión de ese bloque endemoniado, ya nadie se acuerda cuándo se levantó adherida a ella, como parásito molesto, esa casa de hermandad con la que mantiene una desarmonía y un diálogo de sordos.
Por exagerado que parezca, creo que pocos monumentos de Jerez han padecido tal incuria y tal desprecio hacia sus valores históricos y estéticos como la fuente de la Alcubilla. De otra forma no puede explicarse como una fuente de 1594, que dio de beber a tantas generaciones de jerezanos, se haya convertido casi en un estorbo. Algunos no recordarán que fueron sus remotos predecesores en el cabildo municipal los que la construyeron siglos atrás y con dedicar al Cristo del Perdón la nueva calle creada entre la ermita y el bloque pensarán haber hecho más que suficiente. Parece que ignoran que en la Alcubilla nada es lo que parece. Ni de la fuente mana agua, ni la ermita es la de Guía, ni el Cristo es aquél que concibió con gran personalidad Francisco Pinto, ni en esa flamante calle, sombría y prematuramente muerta, vive nadie.
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