Alto y claro
José Antonio Carrizosa
Vox y la ola del cabreo
Si esto sigue así nos saldrá una joroba y empezaremos a tomar apuntes para escribir El concepto de la angustia o, peor, se nos pondrá cara de batracio miope y daremos vueltas al ser y a la nada. No es casual que el nihilismo naciera en Rusia y el existencialismo en Alemania y Dinamarca. Las pocas horas de luz, los cielos nublados y la mucha lluvia invitan a la desesperación. Los andaluces, como todos los pueblos del sur, somos hijos de la luz. Nuestra cultura, nuestro carácter, nuestras formas de vida cotidianas, son hijas de la luz.
“En esa ciudad clara de gracia tu alma no se hubiera cubierto de nieblas de congoja”, escribió Cansinos Assens en Madrid, echando de menos su Sevilla natal. Casi un siglo antes, en un “sucio, negro” amanecer madrileño, escribió Bécquer: “Había vuelto a respirar la tibia atmósfera de mi ciudad querida… Había sentido el beso vivificador de sus brisas cargadas de perfumes… Toda mi Andalucía, con sus días de oro y sus noches luminosas y transparentes, se levantó como una visión de fuego del fondo de mi alma”.
Llegarán los días de fuego. Y protestaremos. Llegará nuestro monstruoso verano que devora la primavera y el otoño. Y protestaremos. Pero todo es preferible a este largo tránsito gris y húmedo. No solo por los graves daños que las lluvias han provocado. También por su influencia sobre nuestro ánimo. No significa esto que los pueblos del sur seamos ciegos y bobos. Sabemos de la dureza de la vida. Bajo el sol de Palermo están las catacumbas de los capuchinos con las siniestras sonrisas de las momias y bajo el de Sevilla, las postrimerías de Valdés Leal. Pero nuestra respuesta a la canina es el senequismo, el estoicismo, la soleá que canta “cada vez que considero / que me tengo que morir / tiendo una manta en el suelo / y me harto de dormir” o la sensualidad del Ars moriendi de Manuel Machado: “Dichoso es el que olvida / el porqué del viaje / y, en la estrella, en la flor, en el celaje, / deja su alma prendida”.
Nos redime la luz, como escribió Camus y tantas veces he citado, recordando su Argelia natal: “El recuerdo de este cielo no me ha abandonado nunca. Era él quien me había impedido perder la esperanza... En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible”. Por algo se llama luz perpetua a la gloriosa vida eterna.
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