Santiago Cordero
Cincuenta años son un suspiro
De repente ella dice: “Ya no estoy enamorada de ti”. Y después de once años, un día de esos que estaba predestinado a pasar de puntillas por el calendario y por la memoria, una fecha inofensiva en apariencia se queda tatuada para los restos en el porvenir por obra y gracia de una confesión inopinada. Esa declaración de desamor a bocajarro es el arranque de la nueva novela de Manuel Vilas, ‘Islandia’, que, paradójicamente, es una enorme historia real de amor, un relato autobiográfico, amargo y delicioso al mismo tiempo, que se cuenta desde el final, a contramano, como nos sorprenden siempre las cosas que no queremos que nos sucedan.
Cuenta Vilas que escribió el libro en apenas tres o cuatro meses, convertido en un ermitaño, recetándose la literatura como un ansiolítico, empujado por la urgencia de una cura o un alivio, al menos, para el dolor. Un hombre frente a su angustia, sin tapujos, atravesado por el desconsuelo de una ruptura de pareja. ¿Qué gilipollez es esa de que los hombres no lloran? Esta es, precisamente, una de las grandes conquistas de ‘Islandia’, observar como el protagonista, ergo el autor, toma conciencia de sus heridas, las destapa, viste las páginas con una desnudez que va mucho más allá de la piel y sufre sin miedo a que lo veamos sufrir. No es menos hombre el que muestra sus emociones, no es menos fuerte el que no puede sujetarlas. Quizá sea, más bien, al contrario. Siempre ha habido poca verdad y mucho artificio en la petulancia y las bravuconadas.
Hoy es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, una nueva oportunidad para celebrarlas a ellas, para desgañitarse pidiendo igualdad, para subrayar sus derechos, cantar sus canciones, llorar sus penas, maldecir otra vez la violencia machista, pintar de morado las calles del destino, abrazar sus enseñanzas. Como sostiene la filósofa andaluza Raquel Moreno, no habría guerras si nuestras madres gobernaran el mundo. Hoy es 8 de marzo y puede ser también un buen momento para reivindicar a esos hombres que deciden no desdibujar sus sentimientos, que a veces no pueden desterrar a las sombras, que optan por no camuflar el dolor tras una pose ni temen confesar en cierto momento su vulnerabilidad. Hombres que saben que la masculinidad no tiene nada que ver con la furia, los abusos o la fanfarronería, que lloran con las injusticias, las despedidas y el desamor. ¿Por qué no? Esos que eligen retirarse en paz en Islandia antes que invadir a las bravas Groenlandia.
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