Lucha

09 de marzo 2026 - 04:27

Es posible que forme parte de nuestra condición, la humana, o puede que no, que hayamos sido nosotros y nuestra pretendida evolución -por llamarla de algún modo- hacia ninguna parte, la responsable de que ella está ahí, siempre presente.

Tal vez no seríamos los seres que somos sin esa circunstancia que nos condiciona. Puede que, en una realidad que no sería la que es la nuestra, hubiésemos sido diferentes a como somos, es muy factible que fuera así si ella no fuese, como es, la que nunca falta: el pan nuestro en cada momento de todos los días.

La circunstancia a la que nos referimos es el enfrentamiento, la disputa, la pelea, la confrontación, la riña, la pendencia… la lucha.

Todo es lucha: peleamos con la vida para llegar a ella desde el vientre de nuestra madre, nos enfrentamos al mundo para sobrevivir en él, reñimos con la muerte para no llegar hasta ella. Disputamos, por casi todo y casi siempre para nada. Todo es lucha, pareciese que la lucha lo sea todo.

Pelea el que obedece contra el poderoso, y este se enfrenta a aquel. Confronta la libertad, «a la que estamos condenados» -dijo Sartre- contra la tiranía, obsesionada con privarnos de ella e impedirnos ser lo que somos. Por luchar, lo hacemos hasta con nosotros mismos, echando a perder un tiempo que no tenemos, pues nadie tiene tiempo, del que creemos disponer pero lo dejamos diluir en tanto pensamos lo que vamos a hacer en él, ya saben: «la vida es lo que ocurre mientras hacemos planes para vivirla», cuando nos queremos dar cuenta… no queda vida por vivir. Somos, parece que sin atisbo de enmienda, estúpidos de condición.

El modo que hemos de asumir para estar en disposición de luchar, condiciona, ¡y de qué manera!, la actitud que adoptamos: no es lo mismo la tranquilidad de espíritu a la que conduce el sosiego, que la inquietud que el enfrentamiento conlleva, y si este lo es continuado, la mentada inquietud sin remedio desemboca en angustia. Angustia que, por lo que en esencia esta es, impide la calma en el alma y empuja el cuerpo al insufrible desasosiego que provoca la tensión perpetuada.

Como en casi todos los aspectos de la convivencia, que por fuerza hemos de mantener, lo contrario obligaría a someternos bajo los dictados de la ley de la jungla, el nudo gordiano del asunto que ahora nos ocupa, es la cualidad, y no la cantidad.

La competencia no tiene porqué implicar lucha. Confrontar puede ser contrastar, medir, comparar, no pelear. Que el trabajo bien hecho por otro estimule tu afán para tratar de hacerlo mejor es, o puede ser, no sólo sano, si no conveniente e incluso necesario; pero puede también convertirse en superfluo, perjudicial y enfermizo si lo tomas por reto inaceptable, insufrible desafío, o afrenta insoportable. Intentar hacer las cosas bien, mejor a como las has venido haciendo o mejor a como las ha hecho cualquier otro, es inteligente, lo adecuado y muy saludable, no un desplante ajeno que tengamos que reparar o una lacra propia por la que debamos sentir vergüenza -el no haberlo hecho antes mejor-, que se convierta en lo uno o sea lo otro, sólo va a depender de como funcionen las neuronas que amueblan el magín, ese que nos debiera hacer lo razonables que por condición somos.

Dejarse empujar por instintos puramente animales, nos hace ser como animales, algo que si es natural en ellos, no lo es en nosotros, pues somos lo que ellos no: racionales.

Hagamos pues, una y mil veces más, uso de ese privilegio que nos determina, la razón, y convirtamos la lucha en sana intención: la de superarnos, pero no engendremos de ella absurda e inútil confrontación.

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