Santiago Cordero
Cincuenta años son un suspiro
Así como la carne de la literatura es la lengua -como idioma, como herramienta, como materia-, el trueque de toda superficialidad será la excelencia. Frente a los discurseadores no demasiado cultos, a veces -Deo gratias- ocupan el espacio público voces autorizadas: los sabios de nuestro tiempo, quienes saltan a la palestra sin tampoco aspirar a ninguna viralidad. Pero aportan luz a los claroscuros del paisanaje ambiente. Entonces el alivio llama a capítulo. Son las excepciones que conforman la regla. Picas en Flandes -no obstante a cuentagotas-. Identidades esmaltadas sobre el desierto del Sahara. Contribuyentes al por mayor en aras de la cofradía de la rara avis. Firmas fluorescentes en el atlas desenfocado de la Era Digital. Cuando un intelectual de veras alza la voz, el eco brilla. Los receptores se enriquecen. El pensamiento crece sin lindes. No corren -ni a ritmo atlético ni a paso cojitranco- favorables tiempos para la lírica. La erudición fundamentada parece erigirse en huelga de hambre. Abunda por doquier la opacidad sistemática del pensamiento único como colgaduras deshilachadas cuyos flecos trenzan la nada. No aludo al cultivo de la política -al menos no stricto sensu- sino a todas cuantas abulias nos acechan: desde la máscara y la mascarada al egoísmo recalcitrante o a la relativización de los códigos de valores -con sus adyacentes innobles pautas de conducta-. Unos versos prácticamente inéditos de Rubén Darío proclamaron lo siguiente: “Cada cual lleva en sí mismo/ la honda mina de Cajal./ Mas al lado está el abismo./ El abismo de Pascal”. Frente a la incultura, la irrupción de la cultura con su capitel corintio. Tengamos, sostengamos y mantengamos ojo avizor: la cultura solicita tiempo, pero el sistema impone urgencia; la cultura pide silencio, pero el sistema produce ruido; la cultura requiere profundidad, pero el sistema recompensa a la superficie… ¿La mediocridad va pareja al objetivo trazado por el discurso dominante (para con su target de público): esto es: instalar la idea de cultura en términos exclusivos de utilidad económica o social?
En estas consideraciones anduve enfrascado el pasado martes durante la ponencia en Jerez -sede de la Real Academia de San Dionisio- de la eminente y muy activa académica de la Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes -San Fernando- María ElenaMartínez Rodríguez de Lema (intelectual preclara, amén su ejemplar trayectoria docente durante 38 años, su pleno dominio de seis idiomas -italiano, latín, griego clásico y moderno, francés e inglés-, investigadora incansable y agente cultural de eficaces resultados inmediatos). Su ponencia fue una delicia discursiva concebida como en una sinopsis fílmica cuya intriga y cuyo razonamiento iba narrando la rigurosa y apasionante cronología de los hechos para cerrar la cuadratura del círculo de un final ni por asomo abierto. El título ya rehusaba de toda suerte de subjetivismo: ‘Jerez y el mar. El mascarón de proa de Juan Sebastián de Elcano. ¿Minerva o Hispania?’. María Elena nos mantuvo a toda la concurrencia en vilo de principio a fin. ¡Qué manera tan amena y tan didáctica de exponer un profuso trabajo de investigación! Comenzaba este artículo proclamando cuán necesarias resultan las voces autorizadas en los foros públicos. La opinión de quien sabe construye ciudad, construye provincia, construye criterios…
Y he aquí que me permito reproducir, literalmente, una aportación, de cuño personal, que el veterano académico José Carlos Fernández Moreno, constató -nunca como digresión- en sus palabras de presentación de María Elena: “Considero que el concurso de las Academias, en la sociedad de hoy, es más necesario que nunca. Porque, partiendo del convencimiento irrefutable de que todo ha de evolucionar, resulta evidente que las Academias han de ocuparse de ilustrar a los ciudadanos y a los propios académicos, pero ya no deben limitarse solo a ese espacio. Nuestro papel en estos tiempos, tan ariscos, tan escasos de delicadeza, de educación, de respeto -en estos tiempos, como digo- las Academias, que somos ejemplo y muestra de bien hacer, de armonía, de buena educación, de respeto... además de ilustrar debemos pasar abiertamente a opinar y a abordar la controversia. A dar ejemplo de comportamientos, de actitudes, de traspasar nuestros añejos muros para mostrar a la sociedad que hay que preservar la compostura, el buen estilo, la elegancia en el diálogo. En una palabra: que hay otra forma de hacer las cosas. Y también a no tener repelús intelectual cuando se trate de aportar luz y certeza de aquello que se haya, se dé o se vaya a dar por seguro, aún a riesgo de que sean puestos en entredicho asuntos que, haciendo uso del símil, se traten como dogmas de fe”. Tomemos nota. Palabras mayores. No hay más preguntas, señoría.
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