Bordón y tinta nueva

Santiago Moreno

La maldición de los pelirrojos

¡Corred, corred! ¡Ahí llega el pelirrojo! Esto era lo que gritaban los niños de mi barrio, no hace mucho tiempo, cuando en una calle se topaban -frente a frente- con el único pelirrojo que vivía en la barriada.

Había un miedo ancestral por estos jóvenes porque se comentaba, dentro de las pandillas, que venían con el diablo y que traían la mala suerte. Para repeler esta mala fortuna, creían que lo mejor era tocar el botón de una camisa o un pantalón antes de que el pecoso muchacho pudiera rozarlos. Parece ridículo, ¿verdad?

Pues es igual de ridículo como cuando, aún en estos tiempos modernos, se oye al público chillar e imitar el sonido que hacen los monos -en los estadios de fútbol- cuando un jugador negro, siempre del equipo rival, lleva consigo la pelota; igual de estúpido que cuando vemos como noticia el hecho de que un homosexual haya decidido salir del armario cuando lo que no debería de haber son armarios donde esconderse.

Intolerable es también la forma que tienen muchos de criticar la presencia de rumanos y moros cuando fuimos y somos -por desgracia- un país de emigrantes; una tierra nuestra tan propensa en su historia a mezclarse con otras culturas y razas que, salvo la duquesa de Alba, nadie sabe de dónde viene ni hacia dónde irá.

A Jerez, desafortunadamente, le queda todavía un largo trecho para soltar la pesada carga que supone la ignorancia y la incultura. Todo un reto para un pueblo que, como nadie, ha sabido ser gitano como gachó cuando lo ha necesitado... Una ciudad de mil sangres con cimientos árabes y cruces cristianas; de costumbres inglesas y de trato serrano... Donde pocas maravillas le faltan y sobran, solamente, esa broma fácil y barata con la que nadie, en su sano juicio, querría reírse.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios