La nicolumna

Nicolás Montoya

La marcha atrás

07 de noviembre 2013 - 01:00

ENTRE las fuerzas gravitatorias de la letra g del cuello de Fernando Alonso y la marcha atrás de algún que otro ministro estamos abocados a saber de sexualidad pura y dura de la buena. No porque sea momento especialmente lujurioso o porque nos estén dando hasta por los poros, ni por aquello de las orejas en las paredes y los ojos en las cerraduras ajenas, ni siquiera por los desencuentros de parejas destinadas a entenderse entre regiones, sino más bien por el efecto consolador sobre las masas y el sinsentido de la energía malgastada.

La marcha atrás nunca es aconsejable, tiene sus detractores, los médicos son los primeros críticos y los sexólogos tienen constantemente una cruzada contra ella. Tanto la técnica en sí como sus consecuencias dejan congestiones insoportables, producen inflamación en las vías y acaba por dejar secuelas indelebles. Más aún cuando se produce por razones sadomasoquistas. No es de recibo que sea por el miedo a perder votos y papeletas introducidas en las ranuras correspondientes antes que por interesarse por el bienestar y el placer de los conciudadanos. Nunca la educación y la sanidad han estado tan perseguidas. Nunca el placer y el derecho estuvieron tan denostados. La virilidad y la vileza de los atributos de gente acostumbrada a moverse por sus niveles de testosterona no es suficiente razón como para conseguir que el coitus interruptus sea elevado a la categoría de espacio cotidiano en que moverse.

Nos estamos acostumbrando al porno duro, en el que todo vale por mantener el poder y en el que cualquier postura es buena para vender imágenes sin un guión trabajado. Nos da la extraña impresión de que todo se mueve a impulsos, con gemidos, con bravuconadas y sin preservativo

Claro que con estos preámbulos, ya ha perdido vigencia aquello tan romántico que era un beso tierno y saber preguntar sobre si se estudia o se trabaja. Sería surrealista. Así, no hay quien ligue.

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