Su propio afán

La memoria

En ella guardamos la misma esencia de lo que somos. Por eso es tan importante defenderla

Una red social me recuerda un dibujito de mi hija. Hace cinco años, el cartel de toros de verano del Puerto representaba una preciosa chicuelina. Pero sin toro quedaba muy de salón, falsa, estetizante. La niña (entonces siete años) le dibujó motu proprio un torito bravo y aquello fue una lección de estética, pero también de ética, esto es, de vida. Sin duda, inolvidable; y ya olvidada.

Podría hacer ahora mi media chicuelina de metapoética y hablar de mi hija y del peligro pero ya lo dijo todo inmejorablemente Aurora Luque: "Arte:/ una letra de amor/y tres de muerte". Me concentraré en la memoria, pues, arrimándome.

En ella guardamos la misma esencia de lo que somos. Por eso es tan importante defenderla; primero, contra nuestros torpes olvidos y, a renglón seguido, contra las pretensiones de manipularla o trastocarla o dirigirla. Esas pretensiones son siempre sospechosas de totalitarismo. Abundan y emocionan los testimonios de personas que sufrieron tanto el nazismo (Primo Levi, Viktor Frankl) como el comunismo (Nicolae Steinhardt, Solzhenitsyn) que los soportaron gracias a la memoria inviolable de su felicidad pasada y de su dignidad eterna.

Francesca de Rimini, en cambio, en el Canto V del Inferno, nos dice que "no hay mayor dolor que recordar en la desgracia una alegría pasada". Aunque cuidado, que Dante siempre hila fino. Eso lo dice una prescita, muy hermosa y melancólica, pero prescita. En el Purgatorio las memorias ya son un inmenso consuelo, y no digamos en el Paraíso, de cuya felicidad forman parte. Por cierto, que una memoria que los teólogos modernos nos quitarían a la primera oportunidad es la Divina Comedia, que a la fuerza les resultará muy, muy chocante. No les interesa.

No quiero pecar (de nada, pero tampoco) de distópico y, sin embargo, les animo a cuidar muy bien los libros que tengan en casa, porque la tentación de versiones actualizadas cada vez será mayor. Conservemos en los estantes (junto a la memoria privada de la sabia inocencia de nuestros hijos pequeños y de la honda experiencia de nuestros abuelos) los libros que hablan de lo divino -san Agustín y santo Tomás; san Josemaría Escrivá de Balaguer y san Juan Pablo Magno- y de lo humano -Sófocles y Shakespeare; Orwell y Camus-; y tomemos muchos rabitos de pasa, para no olvidarnos de nada ni de lo antiguo ni de lo de ayer, ni de lo nuestro ni de lo de todos. La memoria es un arma cargada de futuro.

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