La ciudad y los días
Carlos Colón
Ante el Señor
Aquel regalo bíblico que los Reyes Magos llevaron al niño Jesús junto al oro y el incienso, la mirra, ha llegado hasta nosotros como la parte más enigmática de la leyenda que pone el colofón al actual ritual navideño de compras, derroche y comilonas. Si alguien nos cuenta hoy que el día 6 se encontró un paquete de 50 gramos de mirra (que se vende de verdad en los herbolarios) pensaríamos seguro que es cachondeo o que quien nos habla tiene poca suerte en la vida. Pero por el camino que vamos, necesitaremos toneladas de esos trozos de resina recomendada por la medicina natural como antiséptico y otras propiedades varias. La mirra, lo que Baltasar llevó al Niño, era un símbolo de salud; justo lo que el presidente Moreno, que ha encarnado al rey africano en Sevilla, no está en disposición de darnos a los andaluces, por mucho que le pese o le pueda pesar muy pronto en las urnas.
Si estas Navidades se han caracterizado por algo distinto es el parecido razonable con la época de la pandemia. Y si alguien cree que exagero, que le pregunte a cualquier sanitario o paciente que estos días haya tenido que asomarse a un hospital o servicio de urgencias. Es cierto que los gobernantes y los gestores no pueden predecir o frenar una epidemia de gripe, Covid y demás enfermedades respiratorias, pero sí tienen la obligación, legal y moral, de poner todos los medios a su alcance para evitar imágenes tercermundistas y desoladoras, con pacientes de todas las edades aparcados en pasillos durante casi 24 horas, con profesionales estresados y desbordados que no tienen más remedio que mandar a gente a sus casas con cuadros que en otras circunstancias serían motivo de hospitalización inmediata, con centros de salud que invitan a la gente a comprar pruebas a las farmacias porque han agotado existencias y no pueden dar citas hasta semanas después… Podríamos seguir dibujando un panorama sistémico que se ha agudizado en el último mes, pero podría resultar redundante, ya que hay pocos que se hayan librado del gripazo y su tratamiento en lo que llevamos de invierno, de forma directa o indirecta y en mayor o menor medida.
Hay mucho enfermo, pero también hay cosas que funcionan muy mal. No podemos asumir que esto es lo que hay y ya está, porque la señora de 98 años que se ahogaba y pasó diez horas en una silla porque no había camillas suficientes merece aunque sea unas letras y que alguien más lo sepa fuera de un hospital donde a cada hora se hace lo que se puede.
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