El mito del CEO político

01 de febrero 2026 - 03:08

Dos conocidos, que entre ellos se acababan de conocer, acabaron dinamitando un cordial aperitivo de domingo por meterse a hablar de política. Hay que tener cuidado con enfrascarse en confrontar opiniones sobre política, fútbol, machismo/feminismo y, en general, temas serios, pero tratados de tertulianas maneras. Es torpe enredarse en diatribas fugaces sobre asuntos espinosos, en las que la ideología hecha religión laica no tiene ideas, sino anclas de la pertenencia y la impertinencia. Entre cañas, familia y gente varia, el debate se atrincheró: “cartuchos a la canana”, frase del compañero Luis Carlos Peris. Que si un político debe haber demostrado valía previa en su trayectoria profesional; o que no. Yo pienso que no, tampoco lo contrario. Me disculpé con ir al aseo, para no volver a aquel cuadrilátero, sino desplazarme al establecimiento contiguo: los bares son como los antiguos gremios, que competían puerta con puerta.

Uno opina que los políticos son políticos. Si son cínicos y falsarios, son nefastos. Pero un Gran Hombre de negocios puede ser peor, metido a gobernante, que un militante. (No, no mencionaremos a Trump, estrella del poder sin principios, para deleite de masocas... ea, “lo hise”, que apostrofaba Forges). Churchill pasó de militar a político, sin hacer más empresa que la de su patria amenazada. Ministros tuvimos aquí que, de rutilantes ejecutivos, pasaron a ser tremendos fiascos con cartera: ¿no son, en buena medida, parientes una gran compañía privada y un partido gobernante, a la hora de manejar poder? Pues no, hay un detalle clave para no confundir la naturaleza de ambas organizaciones: el carácter quasi militar de la militancia (qué esclarecedora, la etimología). “Joven, los de enfrente son nuestros rivales; nuestros enemigos son estos justo de aquí detrás”, aleccionó precisamente Churchill a un tory novato.

Dicho esto –muletilla que robamos a Rajoy–, uno se reconcilia un poco con la política al escuchar al primer ministro canadiense, Mark Carney: busquen su discurso en Davos. Sin papeles. Impresionante. Carney, por cierto, estuvo trece años en Goldman Sachs –empresa pura y dura–, pero antes fue un brillante alumno y doctor en Harvard. En el “justo medio”, entre el exceso y el defecto, se halla la virtud. No lo digo yo, que lo dijo Aristóteles. ¿Qué diría el griego hoy?

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