Disculpa que te perdone
Juan Alfonso Romero
Cuando descarrila la dignidad se destrozan familias
No tengo buenos recuerdos de los polideportivos. Bien lo sabe Dios, que en su infinita sabiduría decidió no llevarme por la senda del deporte ‘indoor’. Del otro, tampoco. Por mucho que trastee en los cajones de mi memoria no hallaré gestas en el parqué, goles en el último minuto ni canastas ganadoras sobre la bocina. Puede que lo único épico fuera aquella vez en los vestuarios del Santa Fe, en los Marianistas, cuando le solté una galleta destemplada al canijo de Vega, que había dicho no sé qué de mi madre. Si me empeño en rebuscar más, lo que me viene son mis fatiguitas intentando saltar grácilmente el potro mortecino de las clases de gimnasia. El potro y yo, ambos salíamos derrotados, ambos moribundos. Pero qué clases, oiga. El profesor no pudo ver madera en mí porque ni siquiera me miraba. En realidad, no nos hacía ni puñetero caso a ninguno. Se dedicaba a dar vueltas en círculo con las manos cruzadas a la espalda y un cigarrillo haciendo malabarismo en sus labios. Ahora sé que andaba enredado con sus musas, fabulando, ordenando el teatro en su cabeza, soñando quizá Vinagre de Jerez, su obra cumbre. Nosotros le llamábamos Don Juan, el mundo lo conoció como Juan de la Zaranda. Nunca conocí mejor profesor de gimnasia.
Con los años muchas veces he tenido que regresar a polideportivos que, como estos días, hacían las veces de refugio o catedral improvisada. Camillas, mantas, café y paisanos que escapan con lo puesto de otra riada, de un fuego deslenguado, de las vías retorcidas, de un maldita sea mi suerte. Ha pasado otra vez con el Guadalete. Como en una maldición bíblica vuelve a pedir sus escrituras con el ancho latigazo de sus aguas que parecen café derramado. El río no entiende de lindes cuando los pantanos se lo hacen todo encima suya.
En Adamuz le llaman caseta municipal al recinto donde llevaron a los supervivientes la negra noche del día 18. No es tanto un polideportivo como un salón multiusos que, desde luego, nadie pensó que se usaría alguna vez para esto. Un collage de mantas, chaquetones, restos de zumo y botellas de agua; la huella del abrazo de un pueblo. Al entrar sentí un escalofrío. Creo que fue una mezcla de dolor y orgullo. El jueves pasado en otro polideportivo, el pabellón Carolina Marín, unos funerales, los Reyes de España, la Huelva más mariana y Andalucía. Todos con las víctimas, unas familias que ahora necesitan verdad y calor, no paños calientes. Qué asco de paños calientes.
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