Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
SI no aceptamos que el Estado legalmente constituido (la legitimidad es otro asunto) es el único que tiene el monopolio de la violencia para defender a los ciudadanos, estamos poniendo en entredicho su propia existencia. El Estado puede fallar, de hecho en África los hay nominales, reconocidos por los cartógrafos y los organismos internacionales, sin que de verdad tengan autoridad sobre los territorios que los conforman; pero, en los casos en los que esto sucede, es sustituido por otra forma de autoridad calcada de la anterior, que ejerce el monopolio de la violencia más o menos ilegalmente pero igual. Nada nuevo. Las sociedades estatales y preestatales más antiguas de las que tenemos noticia, cuando el hombre se dedicó a la agricultura y al comercio y se hizo sedentario, se fundaron para protegerse, violentamente si hacia falta, de quienes pretendían estorbar las actividades de las que dependía el bienestar de todos.
Desde que se inventaron las ideologías, hace muy corto tiempo en la medida de la historia, la cuestión no es la existencia del Estado sino qué ideas políticas controlan sus poderes. Se nos quiere hacer ver que los regímenes nominales de izquierdas son más justos que otros. Es falso. Los sistemas políticos serán más justos cuanto más se adapten a la manera de ser humana y a su deseo natural: sentirse protegido por el Estado para desarrollar actividades libremente en una desigualdad justa y no en el igualitarismo, injusto sin remedio porque empobrece a las sociedades y les quita libertad. La desigualdad justa no está establecida por una política, sino por la propia naturaleza, que da habilidades y talentos al voleo. La forma del Estado con altura moral para ejercer el monopolio de la violencia será la tradicional, no tradicionalista, la misma que encuentran los arqueólogos en las ciudades antiquísimas de Asia Menor anteriores a la invención de la escritura. Con matices, reformas y adaptaciones a la técnica actual, la misma de hoy. No hay más que leer, un entretenimiento placentero y fructífero.
La interpretación de las revueltas en el mundo por parte de quienes dicen ser de izquierdas es esclarecedora: son protestas por las políticas de derechas. Y es verdad: donde gobierna el socialismo ficticio, mientras hay dinero ajeno para inventar derechos, comprar sindicatos y asociaciones inútiles, hay paz social; cuando lo hace el socialismo real, también hay paz, porque a quien se atreva a romperla le cae una losa sepulcral encima. El Estado tradicional, no tradicionalista, es el único a la medida humana; pero los gobiernos se acomplejan cuando hay que ejercer la autoridad y la violencia legítima del Estado para reprimir a los delincuentes y defender a los ciudadanos honrados. El peligro no es para el Estado, que existirá siempre como se inventó, sino para la democracia, que, con sus imperfecciones, es hoy el único sistema tolerable
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