Personas y sombras

26 de enero 2026 - 04:17

Muy a menudo, seguro que muchas de las veces sin darnos cuenta, confundimos sombras y personas.

Tenemos una íntima e indisoluble relación con nuestra sombra. Pero no es la propia la única sombra que nos hace compañía. Unas nos acompañan, sí, pero otras están cerca, sin que lo que sintamos sea precisamente compañía, tal vez presencia, o puede que ausencia, tal vez agobio, o incluso amenaza.

La relación que tenemos con las sombras, con la nuestra y con las que no lo son, pero ahí están, es un asunto al que apenas si damos la importancia que tiene.

La propia es un ser muy curioso ¿Se han parado a pensar dónde está cuando no la vemos?, ¡Por qué no creerán que desaparece! No es posible que las cosas «sean» en un instante y dejen de ser, es decir «no-sean», al momento siguiente. De modo que deberíamos preocuparnos en saber un poco, o bastante más, sobre un compañero de viaje que conocemos al nacer y de quien nos despedimos al morir, y en todo ese tiempo, que es el tiempo de nuestra vida, no deja de acompañarnos… ¿o sí?

En cualquier caso no creo que tengamos, durante nuestro existir, relación tan duradera con nadie, más que con nosotros mismos, que la mantenemos con nuestra sombra, que es parte de nosotros mismos.

La sombra que nos viste está siempre ahí, no importa si la vemos o no. Cuando se muestra a nuestra vista, modela nuestras formas: si andamos, ella anda; si corremos, lo hace ella; si nos detenemos, ella se para. Parece ser obediente, sin embargo nunca le damos instrucciones para que las cumpla. Su albedrío va parejo con el nuestro, pero no es el mismo: ¿será libre, o está condicionado por lo que decidimos nosotros? Lo sencillo sería pensar que es un mero espejo que refleja lo que hacemos, bueno, más que de «lo» que hacemos, de «cómo» lo hacemos, pero… ¿y si no es así?

Sólo sé de una persona que ha dejado de tener sombra, se llama Haruki, y la perdió en una ciudad amurallada en la que le exigieron desprenderse de ella para dejarle entrar. Pero desconozco dónde se encuentra la ciudad, y tampoco conozco personalmente a Haruki, aunque he leído sobre él.

Hay personas que son poco más de lo que sus sombras son; hay otras que tienen más delo que sugiere la sombra que vemos; y hay quien, a pesar de tenerla, ésta -su sombra- se confunde con la oscuridad en la que aquella vive.

Hay a quien su sombra acompaña, y hay quien a su propia sombra traiciona. Hay quien se deja querer por ella y quien no soporta su compañía; hay quien la busca, pero también quien esconde de ella sus mezquindades.

Sería interesante poder hablar con las sombras de las gentes. Nos dirían más, y mejor, que muchas de las conciencias de quien las generan, pues más que decir, mienten.

La sombra no se cansa, ni abdica ni se rinde. Parecen no importarle desatenciones ni desaires ni olvidos ni desprecios tampoco: ella nunca deja de estar con y para nosotros, dispuesta a escucharnos y siempre a acompañarnos, a pesar de que no la consideremos, la tengamos en cuenta ni la valoremos ni mucho menos la apreciemos en lo que en verdad vale, ¿Qué sería de nosotros si, fuera de la ciudad amurallada a la que fue Haruki, no tuviéramos sombra?, ¿qué creen, qué no pasaría nada?, pues estarían muy equivocados.

Si no tuviéramos sombra no podríamos vivir, ¿no se lo creen? Miren, para que no hubiese sombra, detrás o a nuestro lado, por fuerza tendría que no haber luz, natural -el fuego o el sol-, o artificial, si no hubiese luz no habría vida, al menos no la vida que conocemos, sin vida no existiríamos, no seríamos los seres que somos.

Necesitamos nuestra sombra como nos hace falta el aire para respirar. De las sombras de los demás, aparte de ser a ellos a los que son imprescindibles, nos vendría muy bien conocer la lengua que hablan, para saber, de verdad, de las personas a las que acompañan.

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